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Full text of "Roberto De Las Carreras 1902 Amor Libre"

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AMOR ubre; 


INTERVIEWS VOLUPTUOSOS 


CON 


ROBERTO DE LAS CARRERAS 



MONTEVIDEO 

1902 







v JL Y £ x. ^ v->( 

-TxAHaa'aÁ'Í A 

cRoberlo Je las Carreras 




AMOR LIBRE 





*■ 

y¡f(usa del J-fínqor ^¿ihra 




PRIMER INTERVIEW 


Con motivo de Waterloo galante de 
Roberto de las Carreras que con¬ 
vulsiona á nuestra sociedad, entre¬ 
vistamos al tempestuoso anarquista 
en sus elegantes habitaciones del Ho¬ 
tel Pirámides. 

El parisiense apareció con un cha¬ 
leco rojo como un incendio, deraier 
cri del boulevard. Roberto de las Ca¬ 
rreras,—y esto es tan tan público co¬ 
mo el bégain de su querida, - es un 
refinado, nacido en la tierra de Za- 
picán por un capricho de la femeni- 
naNaturaleza. 

—Los ingenuos uruguayos ( nos 
dijo con su íin-i sonrisa ) me consi¬ 
deran un marido burgués engañado, 
un Bovary, y me fusilan á sonrisas 
por la espalda. (Con aire compasivo.) 
Se encuentran en un grosero error. 
Yo no soy un esposo. Si bien es cier- 



— 8 — 


to que he pasado por la comedia de la 
unión burguesa, y que arrojó una fir¬ 
ma al Registro Civil, como se arro¬ 
jan papeles estrujados á un canasto, 
creí perfilar rigurosamente, con una 
carta, que publiqué en un periódico 
anárquico, mi verdadera situación 
erótica. 

El objeto deaquella formalidad fué, 
simplemente, como lo dije entonces, 
impedir que el Juez de menores usan¬ 
do de un derecho atávico, recluyera 
á mi querida en un convento, por el 
solo delito de haber amado... Usé de 
la burguesía contra la burguesía, y 
aseguré la libertad de una mujer que 
yo había arrancado al Prejuicio. 

Fue un acto de política anárquica 
y de lealtad galante. Estas razones se 
vieron claras en mi comunicación al 
público. Proclamé mi fó subversiva. 
Dije que el matrimonio era un valor 
nominal como el papel moneda; que 
ese valor no consiste más que en el 
hecho de reconocerlo, y que por lo 
tanto me consideraba yo tan casado 
como si me hubiera unido en matri¬ 
monio por los ritos de alguna de esas 
tribus salvajes paralas cuales el ca¬ 
samiento consiste en que los novios, 
en un instante dado, dejen caer un 
cántaro que se despedaza contra el 
suelo. 



— 9 — 

Escarnecí el Matrimonio, pateán¬ 
dolo con mi artícu o do El Trabajo , 
que aparecía mientras yo me dirigía 
al Juzgado. Por otra parte, había lu¬ 
cido en 1 s paseos, ante les retinas 
atónitas de nuestros burgueses, un 
hijo hecho sin el permiso del Juez. 

Mi casamiento, si así puede llamár¬ 
sele, fué toda una alevosía de mofa: 
resonante carcajada contra el pedan¬ 
tesco catafalco de las instituciones 
burguesas. ¡Todavía me rio! 

Roberto de las Carreras hizo una 
pausa en la que hubo risa, y al mis¬ 
mo tiempo como una penumbra... 

—La sociedad montevideana—con¬ 
tinuó,—que no brilla por su inteli¬ 
gencia (sonrió indulgente), compren¬ 
dió mi actitud al punto de que no 
solo no se nos recibió en los salones, 
ámi querida yámi.—pretenderlo hu- 
bera sido hiperbólico,—sino que, en 
la calle, nuestras matronas, deposi¬ 
tarías del fuego sagrado de la moral 
burguesa, pretendían quitarnos la de¬ 
recha por un prurito de vindicta. 

Ahora bien, después de todo esto 
¿cómo es posible considerarme mari- 
dol Es una imposición gratuita de los 
burgueses! 

—¿Y como amante no se consi¬ 
dera humillado? 

—Jamais de la me \—Subyugué du- 



— 10 — 


rante cuatro largo-? años una mujer 
nerviosamente apasi nada, un filtro 
mágico de corrosiva lujuria, una can¬ 
tárida humana, una berberisca de mis 
sueños de harem: exotismo viviente 
en este país en que las mujeres son 
pacílicas y se destacan por un aire 
doméstico, por una expresión deses¬ 
parante de monótona tontería. Ella 
parece mas bien una hija abrasada de 
los fúlgidos arenales, con sangre de 
pantera, exacerbados los sentidos por 
las llamas del Simún! 

Conservar una mujer encendida 
durante cuatro años, es un prodigio 
que no puede comprenderse entre 
no otros! 

Cierto, no han de enorgullecerse de 
él los inocentes maridos, para los cua¬ 
les la luna de miel dura apenas lo que 
una luna: cuatro semanas; que con¬ 
funden con ingenuidad nimbada la 
la fidebdad que sus mujeres guar¬ 
dan á la Opinión Pública ó al De¬ 
ber. con una fidelidad de amor por su 
záfia, palurda y caricaturesca per¬ 
sona! 

Los burgueses están extraviados. 
El Amor no es la Virtud. El Amor 
muere joven. Es una fatalidad de la 
Naturaleza. El ideal de Amor debe 
integrarse con un sinnúmero de mu¬ 
jeres. Querer obtenerlo de una mujer 



— 11 — 


única es como pretender crear una 
ópera con una sola nota de! Pentá- 
grama ó escribir un libro con una 
sola letra del Alfabeto. Dicen los grie¬ 
gos, esos maestros reconocidos en 
Belleza, en Filosofía, en Arte, y en 
Amor, que pretender ser amado 
exclusivamente es una locura de 
mortaes. Sería curioso que el Amor, 
cuya> alas frágiles se han escurrid » 
entre los dedos de los semidioses: de 
Cátulo, de Musset, de Horacio, de 
Lord Byron, se encontrara prisione¬ 
ro en los hogares montevideanos jun¬ 
to á la cocina y al retrete! 

Roberto, triun'ante: 

Ningún vencedor, llámese César, 
Napoleón ó Alejandro, ha podido jac¬ 
tarse de haber atado á su carro la 
mujer! 

¿Puede saberse por qué razón vi¬ 
vía usted en Buenos Aires separado 
de su amante? 

Roberto sonrió. 

—Mi querida estaba á punto de su- 
cua bir,quemada, en mis brazos! Pu¬ 
se todo lo helado del Rio de la Plata 
entro sus ardores y yo... 

El parisiense se abandonó en un 
diván y cruzó la pierna, en la que se 
mateaba el músculo vigoroso del es¬ 
grimista. 

—No tenía noticias de la traoe- 



— 12 — 


sura. Los uruguayos, esos espías, 
cuidadores de las mu jeres ajenas, se 
han vengado de mi desprecio por su 
policía desinteresada c'e voluntarios , 
no inf amándome de lo que sucedía... 
Comprendí por un rayo de sagacidad 
psicológica, ('orno un astrólogo en 
las estrellas-, leí en los ojos tenebro¬ 
sos de la Afrodisiaca el horóscopo in¬ 
quietante de su anárquica sensuali¬ 
dad Virtud de ocultista... Si la po¬ 
seyeran los uruguayos, leerían en el 
rostro do sus señoras iguales reve¬ 
laciones! 

—¿Creo usted que debe atribuirse 
al Amor el arranque de su querida? 

—Lo dudo. 

— El nuevo dueño es superior á 
usted como hombre? 

Roberto sonrió con la satisfaccón 
que proporc ona la seguridad de sí 
mismo. 

—Según ella ha confesado con ad¬ 
mirable desenvoltura á uno de mis 
amigos que la interrogó audazmente, 
su nuevo amante: es regular , no es 
gran cosal 

En cuanto á mi, recuerdo que des¬ 
pués de los transportes, de vuelta de 
su carrera anhelante por los Campos 
Elíseos de la sensación, la Voluptuo¬ 
sa me fe icitaba en cinco idiomas dis- 



— 13 — 


tintos : Muy bien! Tres Incn! Molío 
bene\ Vcrg icelll Seltr zut\ 

—Hay de qué estar satisfecho como 
amanto, subrayó Roberto.—Después, 
acaso el pimiento rojo del cambio, la 
mostaza candente de 1 1 intriga, el 
condimento vitriolero de lo prohibi¬ 
do... 

—Flor de charco parisiense !—ex¬ 
clamamos. 

Roberto continuó con tono dog¬ 
mático: 

—Mi error fué no hacerla casar. 
Renuncié torpemente á ser el fruto 
vedado que no sacia nunca. Fui ma¬ 
rido para ella. Me arranqué la au¬ 
réola! 

Una pausa. 

•—Me es imposible sentir celos de 
ese mozalbete á quien no considero- 
mi rival. 

Al hallarlo in fraganti con mi Fa¬ 
vorita, cedí á un arranque heredero 
de mis antepasados de las cavernas, 
y del cual me arrepiento: le di una 
bofetada... El se escurrió precipitada¬ 
mente entre las sábanas, se hizo un 
ovillo, <ii( iéndome con una voz pía- 
fiidera, elegiaca: Ao me pegue que 
soy un hombre enfermoX 

Declara la Favorita que, estupefac¬ 
ta por la debilidad de su amante 



—14 — 


de ocasión, lo echó con risas á la 
calle! 

—¿ Siente usted rencor contra la 
traviesa. 

—Como elegante no puedo perdo¬ 
narle que se haya acostado con un 
uruguayo, con un aspirante á mari¬ 
do; como Sultán, mi soberanía se re¬ 
ciente y se encrespa anta la imagen 
de una esclava del harem que se 
abandona á un siervo en las cuadras; 
pero, como anarquista, admiro á la 
rebelada, que, con un valor de impul¬ 
siva, hace saltar las cadenas de su 
sexo y sueña, volviendo femenino el 
ideal de Nietzsche, con ser una car - 
nívora voluptuosa vagando libremente ! 

¡Es mi discipula! ¡Yo la he liber¬ 
tado! Yola arrojó en brazos de sn 
capricho. Yo he ejercido sobre ella 
una doble fa^c nación. Incorporó á 
su sangre las máximas anárquicas, 
y eduqué sus sentid's en las exqui¬ 
siteces sibaríticas del refinamiento: 
flor cultivada en el invernáculo de mi 
lujuria...En sus células grises germi¬ 
na mi personalidad. Escribe con mi 
pluma. Con motivo de nuestro divor¬ 
cio libertario que ha seguido al infra- 
ganti, me dirige una carta deliciosa¬ 
mente rebelde que destaca con biza¬ 
rría mi postura de Maestro. 



Hé aquí la carta: 


Conciudadano: 

Si te quieres arreglar conmigo, lo pu D des hacer 
anárquicamente, quedando rada uno en libertad de 
hacer Jo que le parezca. Sino, me es indiferente. 
Aunque so a y ti uy pobre, seré honrada-Aunque se 
que valgo mucho, jaroá^ abusaré de mi sexo, ni pon¬ 
dré negocio con mi sensualidad* Si asi lo hiciera ten¬ 
dría mncho dinero, pues hay muchos que meló da¬ 
rían . Pero tengo un hijo y soy honrada. Espero de 
tu mucho talento que procedas jcon anarquismo y 
arreglarnos á pesar del infragantiAProcede como un 
amante. No procedas como im gjArido burgués. Sé 
siempre discípulo de Kropokin. Consérvate siempre 
igual. No retrocedas en la mitad del Evangelio! 

“Yo soy y seré siempre anarquista. Espero tu de 
cisión. A Paúl no le verás jamás á no ser con la ma 
dre. De otro modo, te lo juro, no lo veráa. 

« j Berta* 


—¿Cederá usted á las insinuaciones 
de su amante, reconociendo, en cuan¬ 
to á los hechos consumados, su de¬ 
recho de mujer? Seducido por su pi¬ 
cante ingenio, abrirá usted las puer¬ 
tas del Harem á esa hija pródiga de 
la sensualidad? 

—Que se encomiende á la magnᬠ
nima grandeza del Emir! 

Nos despedimos del Aristócrata fe¬ 
licitándolo por su gloriosa actitud, 
por su buen gesto, por su fortuna en 
amor, por su revancha sobre el An- 
tropoide, por la originalidad que su 
cómplice, el Destino, imprime gracio- 



— 16 - 


samento c los múltiples sucesos de su 
vida pintoresca; nos retiramos, indig¬ 
nados por el contraste violento del 
tímido rival cjue en el instante deci¬ 
sivo abandona á la mujer, pasto de la 
venganza de un celoso, en vez de es¬ 
cudarla, arrebatadamente, con el pe¬ 
cho! Un amante debo saber morir! 
Aquel aeoquinamiento se nos explicó 
con facilidad. Ese amante burgués es 
un marido y desfalleció al aparecer el 
Amante! 



SEGUNDO INTERVIEW 


El Primer Interview de este recuetl 
con que Robertode las Carreras ini¬ 
cia soberbiamente entro nosotros la 
revancha de los derechos femeninos, 
aparecido en La Rebellón , explotó el 
día 25 de Agosto en medio á la solem¬ 
nidad patriótica, en plena orgía de 
los burgueses. 

Fuimos empujados por el Doctor 
Anarquista al lanzamiento de su bom¬ 
ba, en esa circunstancia, con el sar¬ 
casmo premeditado de envenenar en 
el vientre de los filistinos, descen¬ 
dientes de Sancho, su regocijo salva- 

je!.. 

Ansiosos de felicitar al púgil que 
sostiene con sus puños crispados la 
presión trituradora del océano social, 
solicitamos de su exquisita condes¬ 
cendencia, una nueva entrevista. 

Lo hallamos tendido en un diván, 




— 18 — 


el pensamiento flotante, distraído en 
el Bosforo. .. 

El humo de un cigarrillo de opio 
trazaba auréolas en el ambiente de la 
estancia, llenándola con los vaivenes 
de sus espirales quiméricas... 

— ¡Gran éxito!—exclamamos.— 
Después de la publicación de su es¬ 
truendoso Interview, no queda en la 
beatífica ciudad de San Felipe y San¬ 
tiago un solo hombre que se atreva á 
considerar á usted marido! 

—Lo sabía de antemano,—mur¬ 
muró con indiferencia Roberto, sin 
abandonar su mullida actitud.—Co¬ 
mo Napoleón miré el reloj á las tres, 
y dije: a las cuatro doy un vuelco á 
la derrota! 

Mi amante se arrodilla, reconquis¬ 
tada en una hora! No ha sido mi ÁYa- 
terloo, ha sido mi Marengo! 

—Se desploma contra su terrible 
valor la excomunión burguesa! —di¬ 
jimos con satánico ardimiento. — 
Los maridos braman! 

—El Marido es una institución que 
morirá por el ridículo....Tengo de mi 
parte á las mujeres. ..He prendido 
fuego á las faldas! 

—Algunos uruguayos, fanáticos 
del Prejuicio, pretenden que usted 
debió matar á la libertada. 



— 19 — 


Roberto se encogió de hombros con 
una suprema elegancia de desdén. 

—Los uruguayos son unos salva¬ 
jes que apenas lo disimulan....infe¬ 
riores desamparados, cogidos de los 
cabellos por las Eumónides de sus 
partidos impulsivos! Ralea inmigra¬ 
toria! 

Yo, que, ostento, imperialmente, en 
mis blasones catorce siglos de noble¬ 
za (1): el Aguila de Viana, de alas pu¬ 
jantes, abiertas en la iniciación del 
vuelo; el Caballo de Carreras á esca¬ 
pe en un campo azul, bajo una lluvia 
de estrellas; yo, de una casa que, pa* 
ra fundarla, se unieron la Aristocra¬ 
cia y el Amor; ¡descendiente de un 
bastardo de estirpe régia!; yo, que 
pertenezco á la raza de los Fuertes, de 
los Selectos, á un ciclo de empenacha¬ 
dos por cuyas venas corría el explo¬ 
sivo de una sangre que se derramaba, 
hirviente, en las batallas; yo, García 
deZúñiga, aristócrata revolucionario, 
no puedo afrentar la sombra de los 
augustos guerreros, mis antepasados 
asesinando á una querida inerme! 
(Una pausa ) ¿Qué se habría dicho 
en la sensual anarquía de la Corte de 
Luis XIV, en el cenáculo de las Ha¬ 
das de Versalles, si se hubiera pro- 

C'(t) Siete por latinea paterna y siete por la ma¬ 
terna. 



-20 — 


puesto responder ferozmente, con la 
muerte, á las heridas del Dios-Niño, 
que, con el carcax á la espalda y la 
travesura en los labios, jugabaá tirar 
al blanco con el corazón de las duque¬ 
sas en ios bosquecillos discretos y 
perfumados de Trianón? 

Matar á una mujer infiel.... ¡Qué 
horrible sacrilegio contra la Galante¬ 
ría! ¡Toda mi sangro heráldica se re¬ 
bela! 

Roberto parecía asistido por sus 
mayores. Se habría dicho que se es¬ 
cuchaba alrededor suyo el crujido tré¬ 
mulo dearmaduras invisibles. ..Hizo 
un gesto digno de catorce de siglos 
de nobleza: 

—Ferviente de Petronio, á quien 
nauseaba la sangre, sacerdote de Ana- 
creonte, en un festín de despedida, co¬ 
rono de rosas y ofrezco la crátera del 
Falerno á la fugitiva de* mi lecho .. 

Nos inclinamos, avasallados por 
aquella irresistible lógica poética. 

— Son los maridos los que matan, 
nunca ios amantes! Matando no se 
obtiene el Amor! Es un acto vulgar. 
Es escribir con el tema de una veleidad 
el más estúpido de los folletines! 

— Los anarquistas opinamos como 
los amantes! 

—Anatematicemos, —clamó Ro¬ 
berto,—nuestras sociedades impüdi- 



— 21 ~ 


cas, en las cuales, para escándalo, de 
lacivilización y del buen gusto, sub¬ 
siste aün el monótono marido! 

Roberto, sereno: 

—El marido es un atavismo... 

(Una pausa.) 

En nada se rebela el hombre tan 
irreconciliablemente primitivo como 
en los celos....Elenemigo déla mujer 
es el Antropoide. Nosotros, ios femi¬ 
nistas, debemos apuñalear al mons¬ 
truo interior, al Male Originel! 

—De acuerdo! — contestamos con 
arranque.—Estrechémosnos para la 
gran batalla de la libertad femenina. 
Si algunos de los nuestros, en los que 
el Antropoide no se ha extinguido to¬ 
davía se detienen cobardemente, los 
precipitará la avalancha! 

Roberto, con su vehemencia incen¬ 
diaria: 

—La Anarquíasin amor libre no es 
Anarquía! Hay que pensaren el Amor 
con más fuerza que en la cuestión 
económica! Tiempo tenemos de ocu¬ 
parnos de la raquítica tierra. Acuda¬ 
mos á lo que más urge!.... 

Se irguió. Sus ojos relampaguea¬ 
ron. El gesto desordenado, transfigu¬ 
rado el semblante por el turbión del 
Apocalipsis revolucionario, lanzó su 
grito heroico: 

—¡¡¡Expropiemos la mujer!!! 




— 22 — 


Continuó: —Estamos febricitantes 
como leones encendidos frente á la ig¬ 
nominia de su esclavitud encubierta! 
Lancemos á la faz torva de los inúti¬ 
les maridos: ¡La mujer es libre! 

Su triunfo estalla!.Caballeros 

cruzados del Feminismo, proclama¬ 
remos su derecho al placer en el gran 
día de la Revolución Sensual!!! 

Tomó aliento. Se distendió enel di¬ 
ván. Echó á volar una nubecilla de 
humo de su cigarro de opio: 

—Se niega á la mujer la propie¬ 
dad de su cuerpo. No puede hacer uso 
de él más que para el Marido. Si dis¬ 
pone, por un derecho elemental, de 
su don de vida en beneficio del aman¬ 
te, arrastrada irresistiblemente por la 
Afinidad Electiva, soberana dispensa¬ 
dora del bien de Amor, único crimi¬ 
nal al que no se escuchan atenuantes; 
su dueño la degüella! Alevosía, pre¬ 
meditación, ensañamiento, todos los 
nubarrones lúgubres del crimen, es¬ 
tán permitidos al pater familias, al 
déspota romano, para vengar su im¬ 
potencia, su despecho, su atávicopre- 
juic o. La Ley le entrega su cuchilla!' 

Código de tiranía que te ensañas 
con el débil! Leyes depravadas dic¬ 
tadas por el Antropoide! 

Dumas, en plena cátedra del teatro,, 
sentencia, dogmáticamente, que á la 




— 23 


adúltera, á la mujer autónoma, se la 
debe matar! 

Burgués, tú habrías asesinado al 
pueblo en la Comuna! 

La aberración entra por mucho. Un 
hombre enérgico decíame, refiriendo 
el caso de un marido que, al encontrar 
á su mujer infraganti, la había arro¬ 
jado por el balcón: Es el único medio 
de contener á la mujer! 

El hombre que así hablaba era mi 
padre. Yo sentí protestaren mi, des¬ 
de entonces, el alma de mi madre que 
me inspira, de la mujer depasión y de 
aventura, de la desvanecida soñadora 
que la educación burguesa me enseña¬ 
ba á odiar. Al defender al sexo sien¬ 
to que la defiendo. Mi esfuerzo liber¬ 
tario es un tributo altivo y vengador 
á sus dolores de Amorosa! 

La Injusticia para con la mujer apa¬ 
rece siniestramente grabada, como 
una inapelable condena dantesca, en 
el frontispicio de los siglos, en las Ta¬ 
blas déla Ley. 

Desde el comenzar del mundo un 
sexo indómito, feudal, inquisidor, 
prepotente, inmola en nombre de su 
fuerza, de su amor á la sangre, de su 
tenebrosa vanidad: estúpido tirano 
que exige á la mujer lo que no puede 
concederle su arcilla ideal. Otro, in- 



— 24 — 


defenso, pána,se refugia astutamen¬ 
te en la mentira, fuerza del esclavo. 
Sofocado, brutal mente desviado, abre 
sigilosamante con las armas de la Hi¬ 
pocresía el cauce inevitable de sus 
olímpicas sensaciones.. .. 

No nos asombremos deque Iasmu- 
jeres libres todavía engañen. Es la He¬ 
rencia de sus abuelas oprimidas!... 

La Veleidad, el Capricho, que en 
cuanto á nosotros son cosa banal, co¬ 
rriente, sin ninguna consecuencia, 
gustados por la mujer, constituyen 
crimen de alta felonía. No puede ni si¬ 
quiera arrepentirse de su presunta 
culpa que no tiene redención. El bur¬ 
gués no la perdona en nombre de 
Cristo! 

La mujer está condenada ci amar, 
de una manera regular, continua, 
insistente, sin un alto del corazón, 
como amaría una máquina, desde el 
principio hasta el fin de la vida. De 
lo contrario se la castiga con la muer¬ 
te ó se la envía á la cárcel. Se le exi¬ 
ge que ame. Amar es su deber férreo, 
su disciplina estricta; bestia incondE 
cional de reproducción y de afecto. 

—¿Qué utilidad concede usted al 
Divorcio en los conflictos de la Afini¬ 
dad Electiva? 

—Es una puerta de escape al Amor 
libre. Pero, no basta. Hay que des- 



— 25 — 


truir el vínculo! ¿Quién puede res¬ 
ponder del mañana? No nos obligue¬ 
mos un solo instante y borraremos la 
mentira que, en materia de amor, se¬ 
gún Musset, es el único crimen. 

Dice Godwin: «La institución del 
Matrimonio es un sistema fraudulen¬ 
to. El Matrimonio es una ley y la peor 
de las leyes. El Matrimonio es cues¬ 
tión depropiedad y la peor de las pro - 
piedades.» 

Hay que ceñirse al inspirado anár¬ 
quico. Todas las cobardías, todos los 
crímenes del Matrimonio se deben á 
que el hombre se considera dueño de 
la mujer. Cuando reconozca su inde¬ 
pendencia, las prerogativas inviola¬ 
bles de su corazón y de su sexo, no 
será ya rencorosamente arrebatado 
por los mil espectros lívidos de la 
Venganza. La fatal veleidad no le pa¬ 
recerá un robo depravado, un inicuo 
desconocimiento de los derechos sen¬ 
suales deque se considera investido. 
No verá en ella el desacato irritante, 
el golpe de audacia de la esclava que 
provoca sus empujes de macho domi¬ 
nador, sino la despedida de un ser 
igual que se aleja.... 

—¿Considera usted imposible la fi¬ 
delidad? 

—Es un mito inventado por ceno¬ 
bitas impotentes. Un no-sentido del 



— 26 — 


vocabulario burgués. ¿Somos noso¬ 
tros fieles? Y si no lo somos, ¿cómo 
pretenderlo de las mujeres, hechas 
como diría Byron, de nuestra misma 
arcilla inflamable ? Nuestra sensuali¬ 
dad no es por ventura una rutilante 
mariposa? ¿Cómo pretender que la ca¬ 
lumniada de Vigny, los sentidos des¬ 
piertos, voraces, entrames , se retrac¬ 
te fie su femenilidad para la exclusiva 
satisfacción de nuestro orgullo? 

Cambiemos su sangre, cambiemos 
su fisiología: hagamos otra mujer! 

¿Qué es lo que inspira el dese'o? La 
boca, los ojos...¿^ esos detalles no se 
se encuentran iguales ó parecidos en 
todos los hombres como en todas las 
mujeres? ¿Cuál es el sello que distin¬ 
gue al que debe sugerir la sensualidad 
única, al deseado sin fatiga, sin laxi¬ 
tud á pesar del tiempo transcurrido, 
del desgaste inevitable de las sensa¬ 
ciones? 

Lo poco que razonablemente puede 
exigirseála mujer, es la renuncia en 
aras del preferido. Nunca fui más ha¬ 
lagado que cuando una mujer me di¬ 
jo:—Me gustaba un hombre. Me hu¬ 
biera dado á él. ...Pero, penseque tú 
habrías sufrido—He hecho ese sacri¬ 
ficio por tí! 

¿El hombre yla mujer norepresen- 
tan un estímulo recíproco? ¿Dónde- 



— 27 — 


está esa Naturaleza disciplinada, ma¬ 
temática, que distribuye á los sóres 
por parejas eternas, y cuyas poten¬ 
cias sordas de atracción se detienen 
una vez que los ha juntado? 

La Naturaleza es variable, capri¬ 
chosa, mujer! El Amor vive de deseos 
y muerede saciedad, dice la gran sen¬ 
tencia. La mujer es fatalmente volu¬ 
ble como el hombre. Es hija del hom¬ 
bre. El Amor no perdona, á sus elegi¬ 
dos! 

Optemos: la mujer inerte, la mon- 
tevideanasin alma, sin cuerpo, sin 
virtud siquiera dentro del mismopun- 
to de vista convencional; sin abnega¬ 
ción, que nada hace vibrar, que pre¬ 
sencia, impasible, instaladaen un pal¬ 
co, los másgrandes sollozos que atra¬ 
viesan la historia afectivade la huma¬ 
nidad y que revientan en la música; 
que mira sin comprender todos los 
torcedores, todas las angustias dra¬ 
máticas del corazón estrujado; que no 
siente á Manon, que no comprende á 
Fausto, que denomina Ja pasión: co¬ 
sas de los libros; qne se vende estúpi¬ 
damente contenta, prostituta d plazo 
largo, como diría Tolstoi, á la codi¬ 
cia de un burgués, con el cual sostie¬ 
ne una amistad de lecho imperturba¬ 
ble; que se apareja por una inercia del 
instinto, hembra salvaje, reproducto- 



— 28 — 


ra inconciente, cuya cohabitación, 
como diría Nordau, no será nunca un 
episodio en el proceso vital de la hu¬ 
manidad; ó bien, la amante y todas 
sus torturas. 

Nosotros, los que hemos sido cien 
veces crucificados, martirizados, des¬ 
trozados, no vacilamos. No damos 
nuestra quemante angustia por la plé¬ 
tora de satisfacción de los burgueses; 
no damos el tósigo de las traiciones 
que nos corroen, por la fidelidad jurí¬ 
dica de sus marmotas conyugales! 

Día vendrá en que domado el ata¬ 
vismo sentimental, las mujeres pue¬ 
dan ser libres sin que nosotros sea¬ 
mos infelices. La Anarquía nos hará 
griegos....Safo, Aspasia, Bylitis, re¬ 
nacerán para nosotros en la Ciudad 
Futura. 

Arrancados de la educación cris¬ 
tiana, nos acostumbraremos á mirar 
en el amor una cosa fugáz, como todo 
lo que vive. 

Roberto se abstrajo. 

^Pareció como que escrutaba con la 
mirada en el corazón nebuloso de los 
tiempos. Haciendo historia: 

— El Marido, tirano secular, com¬ 
prendió que no podía someter al yugo 
de la constancia los sentidos de la mu¬ 
jer libre. Encarceló sus órganos en el 
cinturón medioeval, mientras mar- 



-29 — 


chaba al combate. Ubicó entre sus 
muslos el ídolo del Honor, el sofisma 
romántico de la Virtud, impostura fi- 
siológicaque domina al mundo;y pro¬ 
vocó en el alma dúctil de la eterna sa¬ 
crificada, la emulación de su suici¬ 
dio sexual. 

En nombre de un hipócrita idea¬ 
lismo, le impuso con ferocidad de car¬ 
nívoro, el prejuicio de la Virginidad; 
estímulo hirviente del sensualismo 
salvaje, cantárida sádica cuidadosa¬ 
mente preparada en ofrenda á la per¬ 
versidad de su egoísmo. Sacrificó á 
la mujer en su provecho. La condenó 
á la abstinencia. La hizo enorgulle¬ 
cerse como de un triunfo de la castra¬ 
ción inicua, de la muerte del sexo, de 
la ignorancia inhumana del deleite, 
esedon de los Dioses, quenos hace en¬ 
trever un instante los Paraísos á tra¬ 
vés de un fugitivo relámpago! * 

El Marido, el macho.legal, fue se¬ 
cundado tenebrosamente en su obra 
por una religión contra-naturaleza, 
inquisición de la Carne, aberración 
idealista que se extendió sobreel mun¬ 
do como una lepra! Hidra mortífera 
que en vano pretendieron ahogaren su 
harapienta cuna los brazos atléticos 
del paganismo, para vengar á los 
dioses para vengar á la Vida f 

Credo de odio, blasfemia contra .to- 



— 30 — 


do lo que existe. Afrentó con unamar- 
ca de barro délas Catacumbas la fren¬ 
te luminosa de la profética Safo, lla¬ 
mando cortesana á la creadora del 
Amor, Diosa déla Poesía, madre del 
Sentimiento; ¡amante suprema inmo - 
Jada en aras de Faón! Se arrastró tor¬ 
pemente para hincar su mordisco de 
venenosa impotencia en el talón de As- 
pasia, doblada sobre las rodillas de 
Pericles con un gesto de elegancia ge¬ 
nial que dibuja en la Historia su im¬ 
perecedera silueta. Convirtió á Epicu- 
ro, embriagado sensualista, en un cer¬ 
do burgués. Revolcó en el fango la Vo¬ 
luptuosidad, estremecida, arrancada 
del Olimpo, manchándola, vilipen¬ 
diándola. Se ensañó con la Belleza, 
reclamo del Amor, como si hubiera 
querido vengarse de todos sus'triun- 
fos de la Grecia, en su sed invertida 
de maceracióny de clausura. Ultrajó 
á Venus, y líabría hecho revivirá Fri- 
nó v ante laque se arrodillaron los grie¬ 
gos, para encomendará la Hoguera el 
vértigo alucinante de aquellos encan¬ 
tos asustadores. Renegó de su funda¬ 
dor, cuyo Código interpretaron im¬ 
píamente los falsos abogados de su 
Ley, pues Él se sentaba en los ban¬ 
quetes, rodeado por los racimos de la 
vid, y amó como un hombre: Hermo- 



— 31 — 


so judío calumniado, convertido en 
eunuco por su Religión! 

La Secta iconoclasta modelóla sín¬ 
tesis de todos los rencores cavernosos 
del hombre contra la mujer. Soñó la 
Béte Noire de la Escritura. Lanzó so¬ 
bre la que no ha cometido más crimen 
que el de sentir como el hombre, el 
anatema de los cenobitas, la cólera fu¬ 
ribunda de los Padres de la Iglesia. 
Amparó al Marido consagrando la 
esclavitud de la sometida. Justificó 
todas las persecuciones, todas las 
violencias inauditas del Male Origi- 
nel. Llamó flaqueza á las energías 
reproductoras de la carne de la mujer, 
á la generosidad de sus deseos, á la 
oferta inefable de sus sentidos! 

Evangelio, mientes! El sexo frágil 
es el sexo estoico. La mujer castiga, 
cruel, injusta, con los disciplinazos de 
la Castidad, aberración homicida idea¬ 
lizada por la ley católica, sus carnes 
laceradas por las rebeliones frenéticas 
del Genio de la Especie. Más realista 
que el rey, defiende contra sí misma 
el interés erótico de su opresor de- 
piadado. Ella, cumple vulgarmente, 
heroína obscura de la penitencia cris¬ 
tiana, junto á la tentación, frente al 
ataque, la regla titánica de los soña¬ 
dores del Cielo que dejaron al mundo 
la celebridad ascética de su nombre, 



- 32 — 


por haber domado estérilmente en sus 
retiros de anacoretas, al Monstruo de 
la Vida; sostenidos por la Oración, la 
Soledad y el Ayuno! 

Mucho le será perdonado á la mu¬ 
jer, porque ha renunciado mucho!* 

La Literatura se unió á la Religión 
en la obra de idealizar el Sofisma, las 
cualidades negativas impuestas h la 
víctima del hombre, como su laurel 
irreemplazable, como la excelencia de 
su sexo. Dante y Petrarca represen¬ 
taron con sus amadas incorpóreas, la 
mujer sin sensualidad, el mito de la 
mujer pura, esa abstracción del espí¬ 
ritu cristiano. 

Los poetas, en coro, encomiaron la 
Virginidad ', la Pureza, el Candor. 
Fue un Olimpo invertido de sombras 
paradojales. La Castidad ocupó el lu¬ 
gar de Venus. 

A imitación de San Agustín y de 
San Pablo, los rimadores fulminaron 
con su cólera de machos á quienes 
irrita la rebelión, ála inflamada sacer¬ 
dotisa de Safo. Yigny la llamó: Niña 
enferma doce veces corrompida! Mu- 
sset la maldijo. Ifeine la acribilló do 
rencorosas ironías. Shakespeare la 
anonadó con su sentencia. 

El petulante Honor, alma del Tea¬ 
tro Español, es todavia en la civiliza. 



- 33 - 


ción latina un Dios terrorífico quo se 
aplaca con sangre.... 

Un vocabulario de denuestos aco¬ 
quina do pánico el deseo de las amo¬ 
rosas próximo á despuntar.... 

El Macho, la Religión, el Genio, to¬ 
do fia conspirado para negar sentidos 
á Ja mujer, para hacer de ella, mien¬ 
tras el hombre se rebela al yugo, la 
encarnación del misticismo, la anaco¬ 
reta de todas las épocas, la expulsada 
llorosa de los Paraísos Orientales!_ 

Roberto hizo un alto. Humedeció 
sus labios en una copa de champag¬ 
ne. Soñó: 

—Era el principio de los siglos. 

Extendida en el frío lechode la Espo¬ 
sa, hollado su derecho de amar, suje¬ 
ta á la impostura ignominiosa del De¬ 
ber, á la opresión artera de la Virtud, 
la Esclava del Hombre, esperaba... 

Entonces, frente al Marido, adusto 
conservador, ornada la fren e por la 
diadema de un invencible prestigio, se 
irguió el Amante, símbolo de las cari¬ 
cias, tierra prometida de la Sensuali¬ 
dad. Lucifer olímpico, hijo de la Be¬ 
lleza, extendió á la carne torturada de 
la Mujer sus brazos de redentor. Fué 
Páris, fué el trovador florido, bohe¬ 
mio sentimental que mariposeaba al¬ 
rededor de las ceñudas torres, prisión 
-de la Castellana. Fuó Macias, colgado 





— 34 — 


de una almena. Fué Abelardo, muti¬ 
lado, arrancando á las fibras de Eloí¬ 
sa, la sublime encendida, un "rito 
anárquico de rebelión amorosa que 
desarraigó la Edad Media! 

Ella, la Querida, se incorporó lla¬ 
mada por Ja sirena del Deseo. Entre¬ 
gó la boca...Heroína de su ternura, 
desafió á su señor. Se ofreció á la 
muerte. Selló el Amor Libre con la 
sangre desu Calvario sensual, y se lla¬ 
mó Francesca.: pagana enardecida que 
abandonó^ sonriendo, las deliciascris- 
tianas de la Resurrección en los nim¬ 
bos azulados, para enroscarse, con¬ 
vulsa, al cuerpo de su Paolo. H strella 
relampagueante de los círculos tene¬ 
brosos, rival vencedora.de Beatriz en 
la Epopeya apocalíptica del genio mís¬ 
tico á quien donó la Gloria! ¡Luz del 
Infierno que hace palidecer el Parctísol 
La lucha del Marido y del Amante 
no ha cesado jarnos. Enemigos in¬ 
fatigables, dejan en la historia de la 
mujer, un rastro de sangre y de odio 
que se prolongad través de los siglos... 
Si el Marido fué ayudado por la Re¬ 
ligión, el Amante ha tenido de su par¬ 
te el génio oculto del Paganismo que 
no pudo morir y que convirtió la con¬ 
cupiscencia grosera de la Escritura, en 
el divino pecado de los poetas! El por- 



— 35 — 


venir es del Amante, que triunfará 
con la Anarquía! 

Roberto terminó su página. Nos 
quedaba una duda: 

—¿No cree usted que la tendencia 
del macho por acaparar á la hembra, 
encierra una ley próvida de la Natura¬ 
leza, una necesidad vita!, pues, como 
se sabe, la mujer, que se entrega á 
muchos hombres no reproduce? 

—La reproducción, para la mujer, 
representa el sacrificio del individuo 
en el altar de la Especie. En otros 
tiempos se la forzó á sacrificarse. La 
Adúltera fué ametrallada á pedradas 
por la cólera rufianesca de la moral 
colectiva. En los pueblos salvajes, 
cuando el marido sucumbía, su mu¬ 
jerera enterrada viva junto con su ca¬ 
dáver. Semejanteceremonia es el sím¬ 
bolo potente de la imposición instin¬ 
tiva hecha por el hombre á la mujer 
del sacrificio de la reproducción. De¬ 
bía seguir hasta en la muerte al ma¬ 
cho único y fecundo. 

Roy que algo hemos progresado, que 
se habla de que es tiempo ya de sepa¬ 
rar las cosas del amor, de la violen¬ 
cia, de la injusticia del crimen cena¬ 
goso, ¿impondremos á la mujer, por 
la fuerza, por la sugestión del sofis¬ 
ma, por las persecuciones del des¬ 
precio, la inmolación de su individua* 



-- 36 - 


lidad, de su fantasía, de sus crispa- 
ciones, de sus espasmos? 

Si quiere ser la A morosa ¿estamos 
autorizados á negárselo? ¿En nom ¬ 
bre de qué principio de moral libre 
confiscaremos la autonomía de su 
persona, la propiedad de su carne, la 
expansión gozosa de su vitalidad? 
¿En nombre de qué redención la cu¬ 
briremos de ultrajes, la asesinaremos, 
en fin, si se rehúsa á dar su fidelidad 
en tributo á las sociedades, si niega el 
concurso de su pasivismo abnegado á 
la obra de la reproducción que pesa 
sobre ella como una injusticia in¬ 
nata? 

Los Griegos resolvieron netamente 
la cuestión recluyendo en el Hogar á 
las reproductoras que elegían sanas 
y robustas, haciéndolas dedicarse ex¬ 
clusivamente á hilar y á cuidar de los 
hijos. Ellos, los egoístas, consagra¬ 
ban, entretanto, las horas á las bellas 
intelectuales del tipo de Aspasia. Las 
esposas, como los esclavos, eran los 
resortes ocultos de aquella brillante 
humanidad que vivía de su someti¬ 
miento. 

Según cuentan los historiadores, 
Pericles, el acariciado de Aspasia,— 
decía á las matronas que el más ri¬ 
sueño galardón de que podía la mu¬ 
jer enorgullecerse, consistía en dar su 



— 37 — 


tributo de hijos á Ja Patria. La pala¬ 
bra del gran amante era una recom¬ 
pensa y un estímulo para el sacerdo¬ 
cio de las enclaustradas 

Aquellas matronas, aquellas espar¬ 
tanas, como las romanas austeras, 
no amaron, no fueron mujeres. Ves¬ 
tales de la religión de la Patria, fó¬ 
rreos corazones de guerreros, inexo¬ 
rables Juno, indómitas para el deseo, 
sin el desmayo de la ternura, que 
amamantaron en sus pechos á los 
ciudadanos. Ellas encarnan en la his¬ 
toria de la mujer pagana la tiranía 
ególatra del sexo combatiente. Lucre¬ 
cia, mártir de la Virtud antigua, se 
inmola con un gesto épico de renun¬ 
ciación sobrehumana, á la soberanía 
reconocida del Macho. 

La Moral Anárquica, pura como 
el Éter, nada puede imponer. La más 
leve elasticidad de la astucia, la más 
ligera tensión de la fuerza, sería el 
suicidio de nuestro armónico ideal. 

Borremos, anarquistas, hasta el re¬ 
cuerdo de nuestra opresión nefanda 
de hombres, atormentadores de la 
mujer desde las cavernas. 

Purifiquémonos! Libertémonos! 

Supremo dolor de crear por el que 
la mujer ha sido apuñaleada por no¬ 
sotros! Tributo de sangre y de tortu¬ 
ras en aras de la Especie, que le hemos 



38 — 


arrancado con sangre y con torturas! 

Hagámonos perdonar nuestra igno¬ 
minia de todos los siglos, nuestra có¬ 
lera exterminadora, ominoso carcele¬ 
ro, que rechinaba, celosamente, los 
dientes al lado de la presa... 

Nada podemos exigir á la eterna 
ofendida. Supliquómosla! .. . 

Ella, que abandonó por el hombre 
ingrato, por su asesino, el Paraíso de 
la leyenda, que lo abandonaría de nue¬ 
vo, como dice Musset, por seguirlo y 
por consolarlo, por morir sobresu co¬ 
razón, no se resistirá....La Fidelidad, 
si bien no dura, si bien instable, exis¬ 
te. Cuando la mujer sea libre, la Vida 
lejos de morir, será más bella. ¿La ve¬ 
leidad inquieta del deseo no esconde, 
tal vez, la ley de renovación de la Na¬ 
turaleza? Nada se detiene. Todo bulle 
y se transforma en el laboratorio de 
Proteo de sus laberínticas elaboracio¬ 
nes. Exacta, infalible, pero sutil y 
complicada! 

Nuevos moldes, nuevas armonías, 
nuevos entrelazamientos, nuevas for¬ 
mas, busca con turbulento afán elgé- 
nio afiebrado de la Naturaleza en los 
anhelos de 1 Hombre y de la Mujer por 
la sensación intensa qua agota la re¬ 
petición del mismo beso, el frotamien¬ 
to de la misma sensualidad. 

Que la Vida, poema de palpitación 



— 39 — 


y de fuerza, no nazca pobremente de 
la inercia del contacto matrimonial, 
amanerada, trivial, burguesa, artifi¬ 
cial casi, denigrada, marcada en la 
frente por el bostezo sacrilego que la 
engendró en los hastíos. Que surja es¬ 
tremecida, eléctrica—desgarrón de la 
carne—de la vibración extrema de los 
abrazos tempestuosos, de la fecunda¬ 
ción inspirada, violenta, del rayo del 
espermatozoide precipitado con vér¬ 
tigo! 

El Amor Libre es un canto á la Es¬ 
pecie! 

Roberto, de pié, con un gesto de 
proclama: 

—Esclava del hombre, libértate. La 
hora ha llegado. Los eslabones de tu 
cadenas han sido entreabiertos por la 
Idea, nuestra sublime aliada. Un es¬ 
fuerzo y éres libre. 

No creas á la Virtud, nocreasal De¬ 
ber, no creas al Honor. 

El Tirano te engaña para oprimirte. 
Rebélate! 

Te pertenecen como al hombre la 
Tierra y el Cielo. Son tuyas todas sus 
embriagueces. Corónate do rosas. 
Ama. Recoge á manos llenas la vida en 
tu regazo! La Tierra, nuestra madre, 
se estremece de júbilo al acercarse tu 
redención. No temas, hija de Vénus. 



— 40 — 


Los Dioses han renacido. Están pre¬ 
sentes y te amparan. 

Sitó éres, como afirma la lúgubre 
Escritura que te pisoteó por haber 
amado,la inventora del beso , la curio¬ 
sa instigadora del placer, nosotros 
te bendecimos! Si nos arrebataste un 
Paraíso, fue porque tenías para ofre¬ 
cernos, en cambio, el de tus brazos! 
Acércate, Voluptuosa. 

Brindemos en el festín pagano al 
beso que descubriste, consagrado en 
todas las bocas que se te ofrecen... 
Nosotros insaciables, lloraremos aún 
tu infidelidad con lágrimas atávicas. 
Precursores, nos sacrificaremos. Se¬ 
llaremos con nuestros celos, con nues¬ 
tra sangre, el Evangelio de tu libertad 
deliciosa. Amantes, no queremos en¬ 
gañarte ni engañarnos. Te pediremos 
que nos ames hasta donde ciñan tus 
brazos, hasta donde alcancen las fuer¬ 
zas de tu sentimiento, la resistencia 
de tus fibras, las energías de tu sensa¬ 
ción. Acércate, confía. Tus fieles ca¬ 
balleros te defenderemos, si es preciso, 
en el torneo de la barricada, con nues¬ 
tros pechos pujantes de amadores, y 
haremos tremolar sobre los vencidos 
arrodillados, nuestra enseña de gue¬ 
rra: los colores blanco y rosa de tu- 
carne sensual! 

Dos golpes dados en la puerta inte- 



— 41 — 


rrumpieroná Roberto. Entró un men¬ 
sajero. Le entregó una carta El 
Amo r oso sonrió: 

— Letra de la Favorita!... 

—Todo lo que se relacione con su 
emocionante aventura es de interés 
público. Comprometemos á usted para 
un tercer Interview , en el que habla¬ 
remos de psicología femenina. La 
pequeña anárquica nos interesa on el 
más alto grado. 

—Con ella proclamó el Amor Libre! 
Cuando la libertaria desplegó ante el 
público, con arrogancia inaudita, su 
veleidad caprichosa, los sórdidos bur¬ 
gueses lanzaron un grito de triunfo. 
Sonrisas de feliz ironía florecieron en 
todos los labios. Me creyeron ven¬ 
dido, pisoteado por mi heroína que 
los vengaba. Inocua ilusión! 

Yo dije á la volcánica Favorita, 
en el albor de nuestras caricias, que 
solo aceptaba en sus brazos la más 
expontánea comunión del sexo; que 
su menor sacrificio en aras de la 
fidelidad ofendería en mí al orgullo¬ 
so, al anárquico. Le sugerí con im¬ 
perio que se rindiese á su naturaleza, 
á la Naturaleza. - En mis brazos, en 
brazos de otro, no ha cesado un mo¬ 
mento de ser mi bandera! 




TERCER INTERVIEW 


Roberto, se incorporó en el di¬ 
ván. El rostro del imtador de Ha- 
ssán dibujaba en su lineas trému¬ 
las, en la opacidad de su mirar, un 
agotamiento de amor orgiástico, los 
estragos trastornadores de una noche 
heroica: ojeras borrascosas, pupilas 
dilatadas en que parecía retratarse to¬ 
davía como el ánsia de retener las rᬠ
fagas de las delicias... 

—La Favorita vuelve de su bégaint 

(i) 

García de Zúñiga sonrió: 

—Es una gata que araña mi puerta 
para que le abra... 

Extendiendo una mano en que cen¬ 
telleaba como un constelación apiña¬ 
da,un anillo antiguo, heráldico, nos 

(1) «Bégain», en parisiense: efímero capricho sen¬ 
sual. Dicen las «boulevardiéres» de un hombre con 
el que hi n tenido un entretenimiento pasajero «J‘ai 
en un «bégain» pour lui.» 



— 44 — 


mostró, sobre una mesa, un tropel fe¬ 
bril de cartas revueltas: todo un ar¬ 
chivo de amante coleccionado en ho¬ 
ras... 

—Permítanos usted,—dijimos con 
efusión—ilustrar al público poniendo 
ante su vista esos documentos mila¬ 
grosos y carbonarios de amor libre, 
escritos por una mujer, lo cual eleva 
al paroxismo su mérito de propagan¬ 
da. Espolearán en el espíritu de nues¬ 
tras cloróticas, faltas de personalidad 
y do arranque, el sentimiento latente 
de la soñada autonomía. La carta de 
la Favorita que conoce el público, fue 
acogida en los círculos anárquicos con 
una fiebre de regocijo. Se la reco¬ 
noce una obra maestra de convicción 
y de valentía ! 

— Tres volontiers. Voy á presentar 
á usted esas cartas por orden de fechas. 
Y con una sonrisa en que se traicio¬ 
naba un matiz de orgullo por el ta¬ 
lento de la discípula, el Doctor en 
Anarquía y en Voluptuosidad, se 
orientó en las cartas de la traviesa : 

—Primera carta dijo: Proclama¬ 
ción de los derechos de la mujer! 

Señor Roberto de las Carreras. 

Mi buen amigo: 

Es usted un hombre lleno de queridas en> 



- 45 — 


Buenos Aires. Le previne que lo sabía. ¿No es 
según usted la mujer tan libre como el hombre? 
No son esas las máximas anárquicas, las prédicas 
de Kropokine? No es usted su más decidido mi¬ 
sionero? 

¿Tú no me repetiste millones de veces que tú 
creías que la mujer, si el amante le era infiel, 
podía serlo también ella? 

Tú me tratabas con frialdad. Yo era apasio¬ 
nada, vehemente, te idolatraba; pero, ¡pensar que 
tú vivíascon otras mujeres! Juré no perdonártelo, 
y así lo he hecho. 

Te saluda, 

Berta. 

Segunda carta presentó el Maestro. 
Divorcio anárquico planteado por la 
discípula. 

Tentativa de provocarme celos, con 
fines de aproximación amorosa: 

Mi ex-querido oficial. 

Roberto: 

Me voy á Europa. Si quieres tener alguna 
aventura conmigo, avísamelo con tiempo. Creo 
que el divorcio legal es una cosa enteramente 
burguesa, anti-anárquica.... Supongo no caerás 
en esa debilidad, tú el caballero de sangre azul y 
de corona de amantes! 

Fuiste anarquista. Continúa siéndolo. No re¬ 
niegues. Me aseguraste que te atenías á las con¬ 
secuencias de lo que predicabas.... 

Yo voy á Madrid, á ser feliz ó desgraciada. 
«Chi lo sá!» Tú sabes mejor que nadie lo que 
voy á buscar allá!.... 

Te saluda tu ex-querida oficial. 


Berta. 




— 46 — 


—Cuarta carta: La discípula con¬ 
tinúa fingiéndome con artera coque¬ 
tería, un viaje á Europa: 

Estimado amigo: 

Anoche le escribí. Como no he recibido con¬ 
testación á mi atenta carta, le envío ésta para que 
no vaya usted á imaginar que he prescindido de 
su parecer en lo que respectad mi viaje á Madrid. 

Está usted en un error si se ha figurado que 
voy en busca de alguna persona. Voy solo á 
distraer mi joven imaginación en esa ciudad an¬ 
tigua de chulos, chulas, toreros y verbenas. No 
voy en busca del «chulo» que usted piensa, pues 
aunque sé, lo mismo que usted, que seria muy 
feliz á su lado, no quiero ser yo feliz mientras 
hay en el mundo una persona que lloraría eter¬ 
namente mí ausencia, sin con uelo.... 

Queda usted sabiendo que su ex-amante se 
embarca mañana para Vigo, en el «Cap Frío», 
desde donde se trasladará á ese Madrid que.... 
tantas joyas inestimables contiene. 

Lo saluda. 

Su amiga. 

o 

—Quinta carta: La Gata araña mi 
puerta... 

Mi amigo Roberto: 

Creo poder llamarle así estando tan próxima 
nuestra reconciliación, la cual se efectuará, lo 
preveo, á bordo del «Cap Frío . Yo me embarco 
-mañana ó pasado, aún no lo sé. Es seguro que 
tú al saber que yo parto, resolverás también tu 
viaje, fingiendo una resolución de pronto cuyo 
fin no será otro que privarme de ir á Madrid.... 



47 — 


ó porque no puedes estar lejos de tu «queridita» 
adorada de otros tiempos. 

Espero que me contestes. No creo te halles 
tan abatido que no puedas escribir.... 

Berta. 

—Sexta carta: La Gata finge huir 
y, á la vez, promete... Deja oír un 
miaul mimoso y suplicante: 

Estimado amigo: 

Esta tarde, á la una y media, me embarco para 
Europa. Voy directamente á Vigo, y de allí á 
M.drid. Usted me ha escrito, al fin, diciéndome, 
que imitando á Hamlet», me de este consejo: 
Ve á hacerte artista!» 

Puede que recurra á mis condiciones de ar¬ 
tista y puede que ño. 

Dejo a Raúl. Vé á menudo á verlo, que es 
hijo y retrato tuyo. (Ahí no hubo fraude). 

No se te han cicatrizado todavía las heridas 
que te he causado?.... ¿Para qué están los besos' 
de la queridita sino para cicatrizar?.... 

Contéstame antes de la i IJ2 cualquier cosa. 

—Sexta carta: El Maestro se diri¬ 
ge á nosotros con exquisitez: Luego de 
haber leído la traviesa el primer re¬ 
portaje que tuvo usted la deferencia 
dededicarme en la brillante hoja La 
Rebelión: 

Señor Roberto de las Carreras. 

García de Zúñiga, Príncipe de la Aldea: 

Lo saluda con la debida consideración y le 





— 48 — 


pide á usted,rey del «espritoy déla oportunidad, 
permiso para hablarle, esta humilde, pero hon¬ 
rada mujer. 

Deseo tener una entrevista con usted ó con 
alguno de sus ministros (i), para tratar de una 
cuestión concerniente al estado.... de nuestras 
cosas. 

Yo me conduzco siempre como una heroína 
de novela elegante. Pretendes que soy tu discí- 
pula. ¿No es verdad que habrías dado cualquier 
cosa porque la discípula no te saliera tan adelan¬ 
tada? 

Si viviera Clara, tu madre, comentaría con ella 
al indiferencia que finges. Ella me calmaría di- 
ciéndome: Amantes como ése he tenido mi¬ 
llones! 

Si quieresd Raúl, te lo entregaré; pero antes 
quiero hablar á su Santidad y pedirle de rodi¬ 
llas.... que se quede usted en su casa y yo en 
la mía. 

Ahora seremos dos las grandes señoras. ¿Qué 
teparece? 

— ¿A qué alude ese elegante alarde? 
—A que, en una carta, á mi herma¬ 
no materno Raúl García de Zúñiga, 
yo proclamé á mi madre: «Ha sido la 
única gran señora de este pueh'o. Pa¬ 
seaba insolentemente sus c«>n ; .islas 
por la faz de la miserable aldea!» 

La Favorita ha imitado á mi ma¬ 
dre, á la que yo rindo el culto de una 
exaltada devoción, para engran¬ 
decerse á mis ojos. como 

(1) 1.a Favorita se reliere á los señores Francisco 
C Aratta y doctor Domingo Arena que intervinie¬ 
ran en esta sensacional aventura. 




— 49 - 


todos han visto, ella ha paseado tam¬ 
bién insolentemente su conquista por 
la faz de la miserable aldea! 

El Doctor sonrió con su fina iro¬ 
nía: 

—También ella ha sido una gran se¬ 
ñora... 

ZúiTga apuró la sabrosa epístola: 


Te saluda de rodillas 
quieras. 


ó de espaldas, como tú 




■—Soberbio! nos salió del alma. 

— La pequeña se hace leer,—co¬ 
mentó modestamente el Iniciador. 

—Séptima carta. La Gata, empuja 
audazmente la puerta con el lomo: 

Mi amigo ó mi enemigo, lo que tú quieras ser: 


¿No quieres hablar conmigo? ¿Tienes acaso 
miedo de que te domine todavía? No creo que 
así sea, pues tú has declarado en el «Interview», 
que me has fascinado.... 

Yo necesito hablar contigo siquiera un cuarto 
de hora. Deseo comprobar que me dominas.... 
Si no accedes ( creeré que temes que sea yo quien 
te domine á tí.... 

Deseando se te cicatricen pronto las heridas, 
te envío el mejor remedio: la antisepsia de los 
besos. Si no los quieres aceptar, hards como esos, 
heridos que no creen en la antisepsia y se dejan 
comer ó curar según la enfermedad lo desee. 

Contéstame si me quieres hablar ó no. No te 
hagas el fuerte. En el fondo deseas la reconci¬ 
liación, hasta me la pides, puede decirse que de 



— 50 — 


rodillas, no porque no puedas vivir sin mí; nól 
sinó porque temes que vaya á ser feliz á la capi¬ 
tal de España! 

Berta. 

—Octava carta, en contestación á 
una mía de reproches. 

Amigo; 

Extraño mucho la resurrección de Lázaro en 
estos tiempos del siglo 19 ó 20. 

No he vuelto á unirme. Yo soy libre; tú, un 
simple, gran amigo. 

Espero que me contestes por el mensajero. 

Te saluda quien irá á mejorarte de tus heridas. 

Balita^ 

—Novena carta. Con refinado ar¬ 
te de amante vuelvo á incomunicar¬ 
me en un riguroso silencio, exitando 
el deseo de la Favorita. . .Me llama 
desenfadamente á una cita tratando 
de conmover mi debilidad de padre: 

Queridito: 

Tengo urgente necesidad de hablarte. Raúl 
está muy grave.... Deseo también referirte un 
gran escándalo social; Cierto ministro de una le¬ 
gación americana ha encontrado á su mujer in- 
fraganti con su secretario y le ha disparado dos 
tiros. Parece que ha querido después envene¬ 
narse románticamente con fósforos, por amores 
contrariados. 

Espero hablar contigo esta noche. No vayas á 
mostrarte burgués, queridito. Sé anarquista. 




— 51 — 


¿Quieres ó no? Nos reiremos mucho del buen 
diplomático y haremos una elegante orgia. 

Se despide. 

La Chiquita. 

—Confieso que esta chiquilla me 
entusiasma, declaró con énfasis Ro¬ 
berto. Mi discípulaen Voluptuosidad, 
mi discípula en Anarquía, mi discípu¬ 
la en Literatura! Es una naturalezale- 
gitimamente original y creadora. Se 
le abren dos caminos: La Literatura 
ó el Teatro. 

—Ha satisfecho usted el deseo de 
la gatita? preguntamos, dirigiendo 
una discreta mirada de soslayo á 
las ojeras insondables del Amoroso. 
Fue conmovida su debilidad de pa¬ 
dre.. .. 

—Era media noche. Fumaba yo 
un cigarrillo turco, evocando pere¬ 
zosamente eri los devaneos de las 
auréolas efímeras, morbideces de 
mujer, mirajes alucinantes de una 
fantástica lujuria. Cerníanse á mi al¬ 
rededor las hadas del humo. 

Suena un golpe en la puerta del 
cuarto contiguo, suena en la pared, 
vuelve á sonar en la puerta. Se habría 
dicho una sesión de Espiritismo al que 
soy tan afecto: des esprits frappeursl 
Me levanto. Me acerco á la puerta. Si¬ 
lencio. De repente, una voz cuyo tim- 




bre me es familiar, canta á la sordi¬ 
na ... 

La voz se interrumpe. 

Un nuevo golpe dado á la puerta, 
no me deja duda de que se trata del 
espíritu burlón y encarnado de la Fa¬ 
vorita. Gustó de aquella audacia. 

— Roberto, me dice la traviesa, des¬ 
de el otro lado de la puerta. Me vás á 
matar? Si me vás á matar abro lo 
mismo! 

—Abre. No temas. García de Zú- 
ñiga no ruega á ninguna mujer, pero, 
se abandona á todas aquellas que 
solicitan los favores de sus armas 
corteses... 

Entró. Un pilluelo. La nariz re- 
tr oussee, rabiosamente parisiense, las 
alas abiertas, olfateando el Amor. La 
cara, un rayo de malicia; un chis¬ 
te. Los ojos, dos almendras exactas; 
alargados, sombreados, mordaces, 
juguetones, chispeantes. Una cintu¬ 
ra que podría caber en un círculo 
formado por los dos pulgares y los 
dos anulares. ¡Una paradoja como, 
madre! 

La cabeza dorada, rizada, de ca - 
bellos cortos. Un sombrero gris con 
una bandada de pájaros volando bajo 
el ala. 

Se acercó á mí. Buscó la expre¬ 
sión de mi rostro. Engolfó sus bra- 



zos entre mi chaleco y mi saco,. en¬ 
volviéndome cálidamente por deba¬ 
jo de las axilas. 

—Te he engañado, Roberto, pero 
no puedo vivir sin tí! La Chiquita 
te adora! 

Se abalanzó á mi boca, poseyén¬ 
dola, abarcándola con un gran mor¬ 
disco clavado, fijo. Sentí su lengua... 
carnosa, dura, húmeda de licor vis¬ 
coso. La agitó, trémula, en mi boca; 
impaciente, con prisa; febril por evo¬ 
car al macho, segura deque mi sen-- 
sualidad despierta sería su Victoria... 
Me ablandó, me reconquistó hasta el 
fondo délos sentidos!... 

Fué como cuando después de una 
inmensa fatiga, aflojamos exquisi¬ 
tamente nuestros miembros en la 
pereza de un lecho.... Mis nervios 
crispados por el dolor, comprimidos 
como por una inexorable muela de 
hierro, se distendieron con una im¬ 
presión de delicia, de inefable ali¬ 
vio... 

Ah! la amante que nuestra boca 
desesperadamente nostálgica, ha creí¬ 
do perder, que después de haber en¬ 
trado en nuestros huesos, en nues¬ 
tra sangre, ha huido, dejándonos la 
obsesión desús caricias irreparables, 
y que, derepente nos empuja con su 
pecho, nos incita, nos ruega, se res- 



— 54 — 


trega, espirante, contra nosotros!... 

Nos perseguíamos, nos chocába¬ 
mos, nos buscábamos hasta el fon¬ 
do de la boca! 

El lecho, enceguecido enagena- 
miento, se ofrecía... 

Nos desvestimos el uno al otro, con 
violencia, arrancándonos las ropas 
que arrojamos, dispersas. Nos tira¬ 
mos sobre el lecho. 

Al colocarla, ella, con una supre- 
prema sed de espasmos en la mi¬ 
rada: 

Que dure mucho... mucho... mu¬ 
cho!... 

Enseña Bylitis: El amor no es un 
pasatiempo. No es ni siquiera un pla¬ 
cer. Es un trabajo áspero, una tarea 
ímproba, un esfuerzo temerario que 
rinde. Amante, no descanses, no 
duermas! Que batan furiosamente tus 
sienes, que la fatiga desarticule tus 
miembros, que una barra de fuego, 
lacerante, atraviese, implacablemen¬ 
te tus tobillos! No pienses en gozar. 
Haz gozar! Sacrifícate, y podrás de¬ 
cir que éres un amante! 

Yo recordé á Bvlitis. Con un es¬ 
fuerzo sostenido, hábil, empuja¬ 
ba una y mil veces hasta el choque 
de la sensación, á la querida que se 
abría deliciosamente debajo de mí. 
Tocaba el cénit. Desmayaba. Yo la 



55 — 


arrebataba de nuevo. La cabeza flo¬ 
tante, desgajada, ella se abandonaba 
al enloquecimiento déla ascensión!... 

Batía convulsivamente los dientes 
con un ronco estertor... Se crispaba. 
Su goce estallaba! 

—Más! Más! Más! 

Con una potencia olímpica de sen¬ 
saciones, con un vigor sin fondo que 
hundía á la derrota, como espoleada 
por el vértigo de perseguir al placer 
hasta en sus últimas resistencias, pa¬ 
ra anonadarlo, para extinguirlo, su 
carne buscaba exasperadamente mi 
carne. Yo, sudoroso por el rigor de 
la épica lucha, invoqué á la sen¬ 
sual Afrodita, pidiéndole hiciera des¬ 
cender sobre la médula de su sacer¬ 
dote todas las potencias de su afro¬ 
disíaco imperio, sosteniéndolo en la 
ruda labor de su sagrado Rito. Con el 
nombre de la Diosa en los labios, 
rechazaba, frenético, la desordenada 
acometida de aquella carne pujante, 
moviente, victoriosade la fatiga, ágil, 
que escapaba, volvía, culebraba, mor¬ 
día, en la que yo ahondaba con eró¬ 
tica cólera, en la que hubiera queri¬ 
do penetrar yo, por entero! 

Combatíamos, reñíamos, encarni¬ 
zados, anudados, inexorables, cie¬ 
gos! 

—Entrégate todo, dáme tu sangre! 



— 56 


Las entrañas, estremecidas por 
aquel grito, sentí que mi serse fun¬ 
día, se derretía... 

Ella,los ojos entornados, esbozaba 
una sonrisa en la beatitud de un éxta¬ 
sis... 

Con una voz remontada, etérea: 
Eres espléndido!. .. 

Me eché á su lado. Cerré los ojos y 
di gracias á la Diosa. Despertamos 
de nuestro breve sopor. 

Enroscó mi brazo derecho á su 
cuerpo. Se acurrucó: 

—Así... así... así... 

Un minuto pasó. Clavó en mis ojos 
sus ojos fijos, desmayados, como ha¬ 
ciéndome beber su deseo. Su cara se 
desencajó retratando una vehemente 
súplica muda... 

Febricitante: 

—Tú, sobre mi... 

Yo tuve corno el ánsia de en- 
foncer al otro , cuyo recuerdo tras¬ 
pasaba mis fibras y daba un amar¬ 
gor agudo á mis delicias: 

—loma mi sangre, tómala toda! 

Me erguí apoyando mis dos pu¬ 
ños sobre el lecho, alzándome con 
un esfuerzo. Sin cesar de oprimirla: 

—¿Cual de los dos te ha hecho 
más feliz? 

Ella clavada en el lecho, entró en 
mis ojos su ansiosa mirada: 



— 57 — 


—A tí te quiero! 

El insomnio rojo palpitaba... 

Franceses... Cleopatra... Bylitis— 
Flotaban alrodor nuestro las imáge¬ 
nes candentes de las Amadoras... 

Llegó el alba. 

Ella prorrumpió: Me quieres, me 
quieres lo mismo que antes? 

Yo, con un rencoroso despertar del 
macho, duramente: 

—No! 

Ella estaba sobre mí. . Me tiró los 
brazos atrayendo suavemente mi ca- 

i/ 

beza por debajo de la nuca; se echó 
toda, sobre mi pecho. Su cabeza caí¬ 
da sobre mi costado, como querien¬ 
do esconderla en mi axila, me golpeó 
desesperadamente con el rechazo con¬ 
vulsivo de un sollozo. Con una efu¬ 
sión de su monería, entre el llanto: 

—Tu tuviste la culpa... Tú me 
habías dicho siempre que el amor 
libre es una cosa tan linda... Quise 
probar... 

Yo, sonriéndole: 

—Porqué lloras, anárquica? La 
propiedad de tu cuerpo nadie puede 
disputártela. Eres dueña de tus pla¬ 
cares, libre de amar, de gozar á tu 
antojo... 

Ella, con un despertar enternecido 
de la esclava de amor, desolada con 
la nostalgia del disipado yugo: 



— 58 — 


—Yo te he robado, Roberto! Yo 
era tuya... sólo tuya! 

Le aferré la boca con un beso lar¬ 
go, insistente, profundo. Consolán¬ 
dola: 

— Me tomas por un burgués? Yo 
soy el misionero del Amor Libre. . 
el discípulo de Kropokin... Seremos 
siempre amantes!... 

— Pero, me querrás? 

Yo, con coquetería: 

—Como antes, no... 

—-¿Y si yo te pidiera de rodillas 
que me quisieras? 

Se arrojó del lecho. Se arrodilló. 
Juntó las manos suplicantes. Con su 
carita de gata, los ojos mojados: 

—Yo te pido que me quieras un 
poco, nada más que un poco... ¡un 
poquito! 

Volvió al lecho. Se acurrucó. Me 
estrechó. Se agitó: 

—Yo haría una penitencia... Dor¬ 
miría á la intemperie... Lo que tú 
me impusieras.. . No me querrás?... 
No?... No?... Meneaba su cabecita. 

—Te querré., sí... sí., le dije 
succionándole el lóbulo pulposo de 
una de sus orejitas. 

—Vámonos, Roberto. Vámonos le¬ 
jos... Llévame á Europa, escondida 
en el camarote... 

Se tiró del lecho, la rosada camisa 



— 59 — 


flotante. Tirándola por detrás se la ci¬ 
ñó al cuerpo. Mira que bien forma¬ 
da soy... Verdad que no me parezco á 
las uruguayas? 

Yo sonreí, como esteta y como 
parisiense, ante aquel ágil cuerpo de 
efebo, el pecho falto aún de desarro¬ 
llo, prematuramente cansado por las 
borrascas de la sensualidad; pero, el 
vientre intacto, la cintura exigua, 
las piernas de tobillos finos y panto¬ 
rrillas voluminosas, que, en ese cuer¬ 
po ligero, eran toda una sorpresa de 
carne pidiendo la dentellada! 

—Alira mis brazos. Y se golpeó 
uno contra otro sus brazos nervio¬ 
sos, tendiéndolos.—Tienen músculo! 
Crispó una de sus pantorrillas y se 
destacó briosamente debajo de la 
piel, la fibra esculpida. Se explicaba 
por aquella envoltura, su pujanza 
para el placer, sus abrazos en los 
que parece encontrar nuevas fuerzas, 
su celo poderoso de leona! 

Puso en mi mano uno de sus pie- 
cesitos mtgnons de uñas agudas, en¬ 
corvadas, de gata. 

—Mira que piecesito tan lindo! 

Lo besé con mimo. 

—Vamos á almorzar juntos (con 
picardía) ó prefieres que me vaya?... 

Una camarera nos sirvió 'en la 
habitación. Envolví las piernas do la 



— 60 — 


Favorita en una manta y la senté á 
la mesa, desnuda, palpitante en su 
camisa color de rosa. 

Ella: 

—Sírveme en la boca. 

Mordí una aceituna y se la puse 
entre los dientes. 

— Otra... 

Después de chuparlas, las desli¬ 
zaba lujuriosamente en mi boca. Yo 
se las devolvía. Ella les sorbía con 
fruición, los ojos desmayados... Ju¬ 
gueteaban nuestras lenguas. 

Le ofrecí un beasteff. 

—Pásale antes tu lengua! 

Tuve esa galante complacencia. 
Devoró la presa con avidez! 

Concluido el almuerzo: 

—Quiero fumar como las francesas! 
Encendí un cigarrillo. Luego, se lo 
di á ella en Ja boca. 

Fumaba con torpeza, estirando los 
labios, chapando el cigarro, atur¬ 
dida por el humo que se le escapaba 
á los ojos. 

La puse sobre mis rodillas, en su 
desnudez airosa, los rizos rubios 
desordenados, embarazada por el ci¬ 
garrillo, fingiendo echar el humo 
con desenvoltura... Una expresión 
de malicia acariciadora... Tiró el ci¬ 
garro. Me abrazó estrechamente: 

—Rrrico... Rrrico... 



— 61 — 


Me miró con ojos hipócritas: 

—Vamos?... 

La aleó. La descargué sobre el 
lecho. Puse en pié las reservas. A 
mi, Afrodita! 

Con su expresión desmayada, con 
sus ojos caídos, volteados, me entre¬ 
gó la boca, blanda... 

Rechinó los dientes, traspasada de 
sensaciones! Se revolvió con furor, 
mordiéndome famélica, hundiéndome 
en los flancos las uñas afiladas! 

Se retorció como en las angustias 
postumas con que se arroja el háli¬ 
to. Batió, en desorden, la borracha 
cabeza, desesperadamente dichosa! 

Me atravesó los oídos con un mo¬ 
nólogo de gritos epilépticos, intermi¬ 
tentes, repentinos, incisivos, prolon¬ 
gados! 

Me aferró los hombros con sus 
dos manos eléctricas, me sacudió: 

¡Querido! • ¡¡Querido!! ¡¡Que¬ 
rido! ! 

Rodé junto á ella, exhausto, la ca¬ 
beza de plomo, martirizado,febril, sin¬ 
tiendo despedazarse mi carne, zum¬ 
bar mis oidos; envuelto en el tumul¬ 
to de un oleaje de fuego que atro¬ 
naba mi cráneo! 



— 62 — 


Bylitis, consejera del placer, su¬ 
blime maestra, he cumplido exacta¬ 
mente tus ritos? 

Como sus ánsias me lo exigían, le 
he dado toda mi sangre, pero, nada 
puede colmar el deseo de la iniciada, 
inagotable servidora de Vénus! 

Semejante triunfo es superior á 
las fuerzas humanas de tu sacer¬ 
dote. El cuerpo de esa pequeña pan¬ 
tera, entregada al sueño, quema, 
en las noches, como un contado in¬ 
candescente. Oh Bylitis, es tu san¬ 
tuario! Arde en él la lámpara del 
Templo.... 

Estoy rendido, oh maestra, después 
de la justa en que inflamado de fa¬ 
nático celo, observé tus enseñanzas 
imperiosas, tu augusta disciplina, tu 
inexorable regla de Amor! 

Ah!., no podré conservar á la po¬ 
seída de tu devorante llama, no podré 
domar con todo mi heroísmo, con to¬ 
da mi abnegación en el deleite, los 
ímpetus sagrados de sus sentidos en 
convulsión. No podré ahogar en la 
ola bu líente de mi erótica sangre, sus 
homériaos arrebatos, su frenesí de 
Diosa! Espiraría en el esfuerzo, aban¬ 
donándola á mis rivales! 

Bylitis, estrella délos deseos, nu¬ 
men de los amorosos, ayudar' » p r ¿_ 
míame... Siento escapar!a Oi< 'a! 



— 63 — 


Me abandonó en las sombras de 
mi desgarradora extenuación, á la 
felina que me acosaba sin tregua, 
ensañándose. Sentía su lengua vibo¬ 
rear en mis encías; su mano que 
pretendía arrancarme la carne á pu ¬ 
ñados, despegándola de los huesos! 
Sus dientes, hincarse, enconados, 
en mis brazos, en mi pecho, en mis 
costados; sus labios absorberme el 
labio como para exprimirle la san¬ 
gre; su boca, aspirarme, llenándo¬ 
se de mi carne dolorida. . . su vien¬ 
tre, frotar contra mis muslos la ago¬ 
nía palpitante de los espasmos! 

Me revolví. Busqué con la mano 
trémula su centro de placer. \ ibró 
como si hubiera zigzageado en sus ner¬ 
vios el choque convulsivo de una pila! 

—Aaaaaah!... Aaaaaah!... 

Más!. .. 

—Te haría morir!. . . 

Moviendo su cabecita con inefable 
coquetería: 

No hagas esa caricia á ninguna 
otra mujer. La harías feliz! 

Yo la escruté en el alma: 

—Tú debes haberla enseñado al 
otro. . 

Soltó su risa de dientitos mignons, 
deliciosamente pilluda: 

—Si!... 

Ah!!... bandida, golosa, ¡y me 




--64 - 


pides que te la reserve! Pretendes ab¬ 
sorber?... Esclavas, os daremos la 
Libertad pero, no el Imperio! 

Enloquecida, quiso arrastrar toda¬ 
vía mi mano: 

—Házme morir... hc'zme morir .. 
queridito! 

La envolví con mis miembros, la 
acurruqué, la inmovilicé. Con galan¬ 
tería : 

—Me has vencido. 

Olvidó el placer, electrizada por su 
rayo de travesura: 

—No te avergüences, Roberto Yo 
soy capaz de derrotar á los más 
grandes generales! Soy tan potente! 

Sabes lo que me gustaría?Tener un 
Harem de hombres! Tu serías mi Fa¬ 
vorito... El otro tu homónimo, mi 
segundo Favorito... 

— Hum!...Hice yo. 

Tú no éres bien anarquista! El 
burgués te tira... Sé anarquista! 

Me gustaría también tener tres ó 
cuatro amantes, ir á una orgía, y que 
en ella, mis amantes, borrachos, se 
confesaran, unos á otros, sus rela¬ 
ciones conmigo, que fueran italianos 
y se despedazaran con los estiletos! 

Yo, ébria de champagne, me en¬ 
charcaría en su sangre.. . Como me 
reiría de ellos! 

Yo voy á acabar por reconciliaros 



— 65 — 


á tí y al homónimo... No le compara 
contigo. . . Tú eres más elegante! 

El ha leído tu Sueño de Oriente. 

Le gustó muchísimo. . . 

--Debe haber aplicado, dije, mi 
erudición voluptuosa. . . 

— ¡Es tu discípulo! 

--Yo soy una fiera, Roberto. Soy 
capaz de acostarme con él y contigo 
al mismo tiempo. A tí te pondría áJa 
derecha. . . Tú no me permitirías qué 
yo fuera de los dos? El me paga la 
casa y tú los vestidos. Déjame que 
viva con él y lo haremos á su vez, 
marido. . . 

Yo me paseaba echando humo es¬ 
cuchando con risas á la traviesa. 
¿Qué no se perdona alesprit? 

—Ven, Roberto, ven. Te voy á decir 
una cosa linda para que pongas en el li¬ 
bro: Amor Libre. Acercáte...acérca¬ 
te... Yo no puedo hablarte de lejos. 

—Siéntate, aqui, en la orilla de la 

cama. Abrázame. Así.Vamos á 

hablar con talento. 

--Para mi los hombres son unas 
rameras Siento necesidad de bur¬ 
larme de ellos, de hacerles mal. A 
ti te he sido infiel por gusto de ha¬ 
certe daño, de pincharte_Esto me 

vendrá desde las cavernas? 

En mi Harem tendría á los hombres 
desnudos, colgados, como cuadros. 




— 66 — 


Los tendría alfombrándome el suelo, 
gordos, bien cebados, y al entrar, los 
pisaría, los hundiría, les pegaría con 
el taco en la cabeza! 

Yo tendría á los hombres para cjue 
me dieran placer. Tu homónimo: Un 
chulito que hace el amor á la espa¬ 
ñola, me gustaría á una hora... 
Roberto de las Cari eras...Ah! ¡Ese 
es una gran cocotte, una prostituta 
francesa de alto vuelo, un refinado!..: 

Lo mandaría buscar á otra hora. 

Me gustaría tener un amante muy ri¬ 
co para un aturdimiento de cuatro ó 
cinco días, para una orgía estrepitosa: 
Champagne, teatros, paseos en co¬ 
che. . . .Después, lo dejaría. 

Me gustaría un amante para un 
mes. Otro para un año. Otro para 
quince dias. 

La engañadora sonrió: —Tú, pa¬ 
ra siempre! 

—Tiene gracia la chiquita? No es 
verdad que yo te hago mucha gracia 
queridito? Te gusto mucho, verdad? 
No te domino sino que te ablando. 

Oye: Una mujer no puede tener un 
capricho? Tú no me decías siempre 
que te reservabas un veto, que cuan¬ 
do la ocasión te lo permitiese te ofre¬ 
cerías una mujercita extra ? Pues 
bien, yo me he ofrecido un hombre¬ 
cito extra! ¿Qué tienes que decir? No 





— 67 — 


hacía lo mismo tu madre? Yo te he 
hecho á tí loque tu madre le hizo á tu 
padre.. .Ah.'...Cuando te vi aparecer 
aquel día!...Vi la muerte! 

Quieres que te Higa de qué color es 
la muerte? Es rosada! Vi un velo ro¬ 
sado delante de los ojos. 

Me parece, dije yo con severidad, 
que pudiste omitir una serie de disi¬ 
mulos que no se hayan comprendi¬ 
dos en las máximas de nuestra ma¬ 
dre, la Anarquía. 

—Lo comprendo Roberto, pero es 
así el capricho. Hay que hacerlo á es¬ 
condidas.—Es así que tiene gusto... 
Esla robadita ... .Además yo no que- 
ríadejarte. Dejarte?... ¡Jamás! Ha¬ 
bríamos partido para Europa, como 
pensábamos, embarcándonos en Bue¬ 
nos Aires, donde tú estabas. Una vez 
en el vapor, adiós América! Yo me 
había hecho un placer y te había aho¬ 
rrado un disgusto! 

Un capricho, Roberto, lo tienen to¬ 
das las mujeres. Tú bien lo sabes. 
Haz aprovechado de algunos...Matar¬ 
me á mi habría sido como matará las 
que han sido infieles á otros conti¬ 
go... .Qué habrías dicho tú si las 
hubieran matado á ellas? 

Por ventura los hombres no quie¬ 
ren á una mujer y gozan á otras mu - 
chas? Yo soy hombre, Roberto. Ese 




— 68 — 


chiqúilín me gustó. Tiene un no sé 
qué agradable en la cara, en la sonri¬ 
sa. Me lo he comido!... 

Tú has sido la esposa abandonada, 
y él la niña seducida.. .No he dejado 
por eso de quererte átí., inmensamen¬ 
te. Nunca le hice á él un misterio de 
mi loca pasión por tí. Eso le daba 
rabia. Me gustaba pincharlo contigo 
Yo lo instruíen la Anarquía. . .Le hi¬ 
ce comprender que te debe algún agra 
decimiento. .Al principio creí que te¬ 
nía cosa para un dia. Después me 
gustó, me encapriché. He aqui como 
pasaron las cosas. La primera vez él 
se emocionó...Yo tuve un rapto de 
mal humor. Te lo cuento? (confusa) 
Soy tan descarada!... 

—Cuenta todo, al oído; á tu Maes¬ 
tro... 

—Le dije: Qué gastado está Vd.! No 
me dá fuego!'Dos ó tres dias después 
él, tocado en su amor propio, se lució, 
me dejó muy sastifecha. Y T o me dije: 
Este es un machito que vale. Apro¬ 
vechemos hasta donde se pueda! 

Me hacía mucha gracia pensar en la 
querida de él. Una amiga mía. Cuando 
la conocí no hacia más que elogiarme 
al querido...;Qué tonta! Cuando al¬ 
gunas mujeres me han preguntado á 
mi que tal eres tú, yo he adoptado un 
aire de piedad, diciendo que tú eres 



— 69 — 


un hombre cansado, enfermo, neu¬ 
rasténico...De ese modo te ahuyento 
Ja caza. Yo soy muy celosa de ti, Ro¬ 
berto. A mi me gustaría ser yo el 
hombre y que tú fueras la mujer...Yo 
libre, haciendo lo que se me antojara 
y tú, sometido, esclavo!... 

A la señora de tu homónimo le 
he jugado unas tretas! El le mandaba 
unas cartas de pasión, llenas de mo¬ 
nerías, de mimos.. . Esas cartas eran 
dictadas por mi! Engañaba al mismo 
tiempo á ella y á tí. . Tenía en jaque 
ádos ejércitos. . .Tú, me copaste!. . . 

Tú no deberías molestarte porque 
yo haya hecho eso... Tú me has de¬ 
mostrado que acostarse con un hom¬ 
bre es la cosa más natural!. . . 

—No me desdigo! declaré con fir¬ 
meza . 

—Has hecho de mí una convencida. 
No se me pasó siquiera por 'a imagi¬ 
nación que pudiera herir en lo más 
mínimo tu susceptibilidad. . . 

—Quieres que te muestre una carta 
de él?. ..Te vas á enojar?... 

Yo Ja miré con,estupefacción. Ig¬ 
noras, por ventura'que soy el moder¬ 
no Mitrídates? 

Ella retiró de bajo la almohada una 
carta con gruesa orla de luto.La des¬ 
plegó, ofreciéndomela. 



— 70 — 


«Carino mió! He recibido tu preciosa cartita 
tan llena de monerías y de mimos que no sé 
qué responder...!! 

, —Lo confundías!. .No recuerdas el 
texto de esa joya sensual? 

— He guardado expresamente una 
copia para ti. 

El amante continuaba excusándo¬ 
se por no tener en su concepto, el ta¬ 
lento literario íde responder como 
hubiera merecido la exquisitez de la 
cartita aludida . Se deslizaban en el 
texto: frctncesiia adorada...¿engai¬ 
tas.. mimos... 

— Es mi estilo! reclamé! 

—Te imitaba mucho. El hubiera 
querido hablarte, tratarte para iden¬ 
tificarse completamente contigo. 

«... A tu lado nada valen esas francesas ele¬ 
gantes; esas Demi-Vierges que tú me has dado 
á conocer»... 

—Ah!, .le has hecho 'eer Demi- 
Vierges?. .. 

—Lo he educado mucho 1 ... 

El amántese despedía: 

«Una lengua hasta».. 

Bien, discípula. A tu vez, haces es¬ 
cuela!... 

La carta estaba firmada: ¡Roberto. 

—Ese nombre ha sido para él un 
talismán... dijo devolviendo la carta 
á su poseedora, con una sonrisa. 




Ella se volvió enfurecida, contra mí: 

—Pégame! 

Yo, con dulzura: 

—Porqué causa? 

—Es verdad, Roberto, que soy 
muy mala, que tengo instintos de 
hiena? 

— Mapetite .. .éres la Vengadora!... 

—Aquel día... porqué no lo ma¬ 
taste? Yo hubiera sentido un gusto! 
Le hubiera dicho, viéndolo ensan¬ 
grentado: Toma, mótete á hacer el 
amante! ¡Cuánto hubieras ganado 
para mí! 

Me hubiera gustado también que 
me hubieras hecho algo. Porque 
no me disparaste un tiro en un bra¬ 
zo, en una pierna? Luego, á mi vez, 
yo me hubiera vengado de tí... 

Roberto, si me mataras, me harías 
un servicio. . Mátame! Aquel dia... 
Yo creí que no te ibaá ver más!. 

(Una pausa.) 

Sabes lo que deberíamos hacer si tu 
fueras buen anarquista? Tener con¬ 
quistas cada uno por su lado y luego 
contarnos nuestras impresiones... 

Tú estás mejor, Roberto! Tienes el 
aire animado! Escribes! Te has vuelto 
trabajador! Eres otro hombre! Quién 
te iba á decir que el acostarme yo con 
otro sería el remedio de tu neuraste¬ 
nia! Hay que contarlo á los médicos 



— 72 — 


para que introduzcan mi receta en la 
terapéutica de esa enfermedad! 

Tú me inspiras más sensualidad 
que ningún hombre; Las sensaciones 
que tu me dás son tan agudas que me 
hacen elefectode que me emplomaran 
una muela! A tí te adoro.. .Recorda¬ 
rás lo que dice el famoso psicólogo 
Roux:í?s banal que eldeseo existesin 
el Amor .'En cambio el mismo psicó¬ 
logo, dice, que el Amor no existe sin 
el deseo.. .No es cierto, rico?Un be¬ 
so.. .Otro!.. .Otro!.. .Otro!... 

Ha sidoun capricho...un gustitode 
la Chiquitita, de la queridita que se 
muere por su queridito...Perdóneselo 
Vd... 

No vayas á decir que no me quie¬ 
res.. Dice Víctor Hugo que á la mujer 
infiel se la quiere muchísimo másque 
á la que se pasa todo el día encima del 
hombre, hecha una pegajosa... 

La culpable, Roberto, no soy yo si¬ 
no la «coquille rose» y la pihuela se¬ 
ñaló graciosamente á mi enojo, á la 
causante de todo el daño:—Qué velei¬ 
dosa es! 

Yo puse un beso en el calembour 
aludido, en la delicada monería, en la 
traviesa de la casa, tan poco formal, 
tan fácilmente tentada, que tan pron¬ 
to se engolosina, tan irreverente, tan 
mimosa, que no me esplico como se 



— 73 — 


ha ocurrido á los puntillosos moralis¬ 
tas burgueses colocar en ella, en cus¬ 
todia, al solemne Honor. A esto se de¬ 
be en mi concepto el fracaso déla se¬ 
cular entidad. Es humano que la 
((coquille rose» de Verlaine, picara 
por instinto, burlona, impaciente, 
caprichosa, espiritual, falte coque¬ 
tamente al respeto al cejijunto Ho¬ 
nor!... 

Hice conocer este razonamiento ála 
traviesa. 

—Es cierto!. .Tú también éres muy 
gracioso cuando quieres...¡Ese esprit 
fino! ¡Esa elegancia con que escribes! 

Yo, Roberto no te he hecho nunca 
la ofensa de considerarte esposo. En¬ 
tiendo haberte jugado una bromíta co¬ 
mo á un queridito al que se hace una 
travesura. 

(Guiñó el ojo) Yo no soñó nun¬ 
ca con adjudicarte lo solemne del cuer 
no marital, al quese tocan las campa¬ 
nas fúnebremente, se le envían tarje¬ 
tas de pósame, coronas... 

Apropósito; yo he sido excomul¬ 
gada por los burgueses como Tolstoi 
por el Santo Sínodo. 

Noes verdad que es una cosa riquí¬ 
sima que mis dos amantes hayan te¬ 
nido elmismo nombre? Era un quid 
pro quo de todos los momentos! 



— 74 — 


Con un gesto brusco: Vamos á vi¬ 
vir jufttos? 

Decídete Roberto...de las Carreras. 
Sino iré á buscar al homóníno. 

¡Qué temperamento el mió! El du¬ 
que de los Abruzzos debía utilizarme 
para sus exploraciones árticas. A mi 
lado nada valen los buques armados 
de formidables espolones, los rompe¬ 
deros de hielo más famosos. Con el 
ardor de mi cuerpo derritiría las nie¬ 
ves y abriría el camino del Polo! 

Tú me decías antes-: Voy á acos¬ 
tarme con aquella mujer y lo hacías. 
Pues bien, dime ahora que mujer vas 
á goz ir tú, y yo te diré que hombre 
voy á gozar yo! 

Confiésame, Roberto. Tú me ha¬ 
brías perdonado que yo me hubiera 
prostituido pero tú orgullo no me 
perdonará nunca una elección... 

Me sentí mordido.—No, dije con 
vivacidad. Te he conocido otros de¬ 
seos. ..Y le recordé cosas al oido. 

—Ah! exclamó ella con vértigo. 
Te aseguro que no me entregué á 
aquel hombre por no serte infiel! No 
me habías hecho todavía bastante 
anarquista! 

Todos los inventores, Roberto, han 
sido víctimas de su creación. El in¬ 
ventor de la pólvora murió á conse- 



— 75 — 


cuencia de una explosión. Guillotin 
murió en la guillotina, tú, Roberto 
que has inventado entre nosotros el 
Amor Libre, has sido víctima de tu 
invento...como Guillotin! 

Sabes una cosa que me ha dado mu¬ 
cha rabia? No haberte podido enga¬ 
ñar bien. Ah! ¡qué cosa! haberme 
pillado de ese modo!... 

Yo creo que te ayudan los Espíri¬ 
tus. Si tu no me pillas te armo un 
cuento colosal, te pongo mal con to¬ 
do Montevideo,, te llevo á Europa, y 
te quedas sin saber nada! 

Parece imposible! Tu no espías á 
las mujeres, no haces caso deanóni- 
nimos. Te basta una mirada para 
comprender todo lo que pasa alrede¬ 
dor tuyo! Cómo miras? Uuó habili¬ 
dad tienes? Yo engaño á todo el mun¬ 
do y á tí no he podido engañarte! 

La pihuela estaba extendida en el 

lecho. Camisa y calzones rosados. 
Medias negras sujetas por lazos rosa¬ 
dos. Cabellos dorados. Las mejillas 
de su carita risueñamente iluminada 
por la sátira, rosadas. Toda la mu- 
jercita era una rosa. 

Me acerqué á ella: Si hubieras per¬ 
tenecido á un marido , tu boca, un 
punto rosa, cuyo labio superior se 
alarga, mimoso, en forma de beso, 



— 76 — 


habría sido desbaratada por el ímpe¬ 
tu de un puñetazo nefando! 

Tus dientitos mordedores que se 
hincan con afán en el fruto prohibi¬ 
do de la carne, habríán sido desqui¬ 
ciados entre una espuma de sangre! 
Tus ojos, alerta, que cosquillean, 
audaces, habrían saltado de las ór¬ 
bitas! Tu cabecita locuela que sacu¬ 
den nerviosos saltos de esprit. que 
aturde el oxígeno de quiméricos voli¬ 
dos, habría sido rabiosamente aplas¬ 
tada, vaciada, contra el muro! Ligán¬ 
dote á la órbita de mi atracción, yo 
te he salvado de la patada del bur¬ 
gués!... 

Sonrió, maligna, satisfecha en se¬ 
creto... 

—Me hacen reir mucho los hom¬ 
bres de Montevideo. Se figuran que 
porqué he tenido un bcgain estoy 
obligada á tener amores con el públi¬ 
co. Los desairados me manifiestan su 
descontento, en la calle, silbándo 
me, insultándome, tuteándome, tra¬ 
tándome como á una conocida.... 

¡ Qué cretinos! Han llegado has¬ 
ta enviarme proposiciones con in¬ 
termediarias. Una de ellas á quien 
arrojó á bofetadas de mi casa, me di¬ 
jo con admirable filosofía montevi- 
deana: La que es prostituta por gus¬ 
to bien puede serlo por dinero! Una 



— 77 — 


señora, queriendo expresar el extre¬ 
mo á que según ella yo he descendi¬ 
do, decía de mi: Como será de loca 
que engaña á su querido que se halla 
en Buenos Aires, gratuitamente! El 
casamiento ó la prostitución tal es el 
dilema de los onanistas, de los uru¬ 
guayos. Estos hambrientos de mujer 
no comprenden que si yo qui¬ 
siera arrastrarme lo haría en co¬ 
che. Iría á París! Qué hombres! Al¬ 
gunos se jactan de haberme pagado. 
Algunos de no haberme querido pa¬ 
gar por cargosa. Han hecho correr la 
voz de que yo frecuentaba casas de 
prostitución, y, que, como valgo tan 
poco, recompensaba á los urugua¬ 
yos que se dignaban favorecerme con 
sus caricias, regalándoles anillos de 
brillantes. Se me acusaba de fundir 
de ese modo tu dinero... 

Tu amor libre, querido, no dará re¬ 
sultado. Los hombres de este país son 
infames! 

Un día, un burgués viejo, penetró 
en mi casa, diciéndome que quería 
hablar conmigo á solas: Vaya Vd. á 
hablará solas con su madre, mise¬ 
rable! Vd. me ofendo porque soy una 
mujer! Y lo acompañé hasta la puer¬ 
ta de calle, castigándole las espaldas 
con mis insultos! 

Otra vez abaniqué á bofetadas, co- 



— 78 — 


mo diría Santa Anna, á un estu¬ 
diante, que se atrevió á decir en un 
grupo, al pasar yo: Gana mucho. Otra 
vez, saliendo del teatro, arrojó mis 
gemelos de marfílá la carade un ele¬ 
gante que me hizo un signo porno¬ 
gráfico. 

Un amigo tuyo que me llevó de ma¬ 
ñana un mensaje de tu parte, me dijo 
derretido de cachondez: Porqué se 
ha levantado? Porque no me esperó 
en la camita caliente? 

—¡Un moralista burgués! pensé. 

La Favorita me echó los brazos al 
cuello con su gesto vehemente de 
ternura: 

—Querido!.. Me quieres? Porqué 
me has hecho anárquica? Si te hubie¬ 
ras valido de tu fascinación para im¬ 
primirme que la mujer debe estar so¬ 
metida al hombre, yo habría sido so¬ 
lo tuya ...pour la uie\ Por el contra¬ 
rio me repetías que la mujer tiene los 
mismos derechos queel hombre, que 
debe disfrutar délas mismas prerro¬ 
gativas, que todo lo que sea para ella 
abstenerse de un deseo, es una usur¬ 
pación á sus sentidos! Me afirma¬ 
bas que cuando me gustase un hom¬ 
bre debia entregarme á él, lealmen¬ 
te, avisándotelo. (Con mimo) no te lo 
avisé porque temía que me dejaras... 
Tú me decías también que las gran- 



79 — 


des señoras europeas tienen aman¬ 
tes, que las mujeres deben ser pica¬ 
ras...Roberto, esas cosas no se pue¬ 
den decir á las mujeres! 

Comprendo cual era tu ambición, 
tu sueño. Tú querías que yo fuera li¬ 
bre, completamente libre, sin trabas 
sin prejuicios, para que no ofendiera 
tu orgullo ni siquiera la sospecha do 
que yo te era adicta por la más leve 
sombrade algo que no fuera el amor! 

Tu querías que yo pudiese volar á 
mi antojo, para hacerte sonreír de 
vanidosa ternura al abandonar por tí 
el albedrío... 

Tu ambicionabas subyugar mis 
sentidos como mi corazón, la sensua¬ 
lidad rebelde como el sentimiento 
fiel... 

Tu soñabas con ser el inaudito pri¬ 
vilegiado, el eterno único! Tu aspira¬ 
bas á ser mi deseo! Exigías dema¬ 
siado... 

No puedes dudar de que te quiero 
pues he corrido en tu busca, te he 
perseguido sin trégua, hasta que he 
podido estrujarte, comerte esa bo¬ 
ca...¡Un beso! 

Le enrrosqué un millonésimo abra¬ 
zo sintiéndome estrangular por el 
atavismo. Una noche pasó por mis 
©jos. Vi la entrega... la embriaguez 
del otro... el asalto!... Mi orgullo 



— 80 — 


fué devorado por Ja cavernosa ale¬ 
vosía, por el encono frenético de un 
torcedor vertiginoso! El macho ori¬ 
ginal aherrojado en el fondo de mi 
sér por los nudos templados de ca¬ 
denas implacables, se debatió tu¬ 
multuosamente, desesperadamente; 
lanzó un gemido... 

—Esa nostalgia... no! clamó ella. 
Me retorcí entre sus manos que bus¬ 
caban amorosamente asirme, como- 
un cuerpo enllagado bajo la morde¬ 
dura enloquecedora de un hierro 
candente. 

Por un instante dudé de la Idea. 
El hombre, incorregible tirano sen¬ 
timental, será un día dichosamente 
redimido de su tormento ingénito, 
de sus ineptos furores, de su celo¬ 
sa impotencia, de sus inútiles ven¬ 
ganzas, de su frenesí de fidelidad? 
Erente á la mujer, el hombre podrá 
soportar al hombre? 

La libertad, de la mujer es nues¬ 
tra agonía. Tendremos el heroísmo 
de proclamarla hasta el fin? Pesan 
sobre nuestras pocas fuerzas veinte 
siglos de abominación cristiana em - 
peñados en realizar en la mujer con 
el empuje de una aplastadora disci¬ 
plina el ideal de Amor. Ella de¬ 
bo encarnarlo y el hombre ins- 



— 81 — 


tintivamente, por una lógica armo¬ 
nía, lo exije con ánsia de la mujer. 

Religión de la Nada que preten¬ 
diste esterilizar la vida en el Sofis¬ 
ma! Metafísica del Espíritu que en 
vez de abrazar ilimitadamente á la 
Naturaleza, has ordenado con au¬ 
daz imperio constreñir á la Omni¬ 
potente en el molde inconcebible for¬ 
jado por el sueño incoloro de los 
cenobitas! 

Has dejado en nosotros, tus víc¬ 
timas, un sedimento de imposible. 
Idealizando la esclavitud de la so¬ 
metida, infiltrándonos sutilmente 
una fiebre amorosa mística, has azu¬ 
zado la batalla de nuestro corazón. 
Has unido á las negras cóleras del 
macho, el desgarramiento acerado 
del sollozo! 

Religión desoladora ¿por qué mez¬ 
claste el espíritu á los estremeci¬ 
mientos ingenuos de la carne? ¿Por¬ 
qué vertiste en Ja alegre copa de 
nuestro brindis anacreóntico, el ací ¬ 
bar de una sombría ansiedad, de una 
lacerante nostalgia? Porqué malo¬ 
graste con tu fúnebre inspiración 
enlutada el exhuberante banquete 
del Panteísmo? 

Ah! yo os envío mi grito de lasti¬ 
mado decadente, mi queja de incon¬ 
solable envidia, á vosotros, antepa- 



sados olímpicos, sensualistas serenos 
de la Grecia, paraquienes el Amor no 
fué un devorante corrosivo, un tósi¬ 
go de llamas, sino aque la dicha sin 
cuidados que al decir de vuestra fra¬ 
se sublime, recordada por Bourget, 
hacía el almatan buena! Vosotros es¬ 
tabais junto á la gran protectora, la 
Naturaleza. Para vosotros el placer 
descendía de la Divinidad, sonrisa 
de la Vida, á que elevasteis la acción 
de gracias de vuestros templos in¬ 
mortales consagrados al Amor! Dio¬ 
sas tutelares de los helénicos abra¬ 
zos, cubrios la maravilla del rostro! 
El Amor está maldito! El Cris¬ 
tianismo ha profanado los goces de 
vuestros divinos misterios, ha des¬ 
lizado un áspid en el seno de la di¬ 
cha. Una sombra de lúgubre idealis¬ 
mo reemplaza la alegría robusta del 
sol que se derramaba, pródiga, sobre 
el contento de los sentidos. Una 
tormentosa pesadilla obsede á la car¬ 
ne!...Las delicias que, vosotros, in¬ 
comparables antepasados, gustabais 
en la plenitud de la fuerza, bajo la 
limpidez de un cielo cómplice, en el 
lecho déla Naturaleza, son amargas 
como la hiel envenenada,que se dio áT' 
beber á Jesucristo en el cáliz de 
sus torturas! 

La pihuela abandonada sobre el 



- 83 - 

lecho con toda la inercia de su ser, 
de su cabeza que descansaba á plo¬ 
mo sobre la almohada, murmuró: 
Yo no quiero moverme de aquí. Su¬ 
plicó: Enciérrame... yo seré siem¬ 
pre tuya. Alcé el blando peso de su 
cuerpo sobre mi brazo: 

—Recuerda que empezábamos á 
seramigos...La vida en común mata 
el Amor. 

Su cabecita dio un brusco salto: 

—Tienes razón, Roberto. Para 
quererse se necesita fantasía...La vi¬ 
da en común apesta! Lo que se tie¬ 
ne siempre al lado es forzosamente 
trivial. Cómo no hemos de cansar¬ 
nos del Amor, cuando según tu me 
has explicado, lo mismo ocurre con 
el sentimiento del Arte! La origina¬ 
lidad, me has dicho, repitiendo áun 
filósofo, no es otra cosa que un exci¬ 
tante de nuestra sensibilidad, un 
despertamiento producido por Jo 
nuevo... 

En Amor se necesita originalidad, 
como en Arte. No es cierto? Soy tu 
discípula? Ah! yo he aprendido mu¬ 
cho de tí: la ironía, el desprecio, la 
rebelión!... 

La sensibilidad es una... Porqué 
el libro original, es decir la sensa¬ 
ción de Arle, se aclama con entu¬ 
siasmo, y porqué el amante original, 



-- 84 — 


la sensación de Amor , se anatemati¬ 
za como inmoral? Es justo lo que 
digo? 

—-.Admirable! exclamé, adorando 
aquella comprensión precoz. 

Después de crear tu fantasía, de 
sugerirte desprecio por la insulsez 
de la Doña Honesta conyugal, de 
prender la mecha á la pólvora de 
tu sprit, de inspirarte una pagana 
simpatía por las heroínas del placer, 
en arte; por tus hermanas en vo¬ 
luptuosidad; despuésdehacerte amar 
la poesía de las escapadas en brazos 
del placer azaroso, después de hacer 
de tí, hija de amantes, nieta de 
amantes, una amante digna de nues¬ 
tra raza; ha sido una imbecilidad te¬ 
meraria, guardarte cotidianamdnte 
á mi lado, representando yo para tí 
la rutina, la prosa! 

Te había educado demasiado bien! 

Loco orgulloso caído del pedestal 
de mi Omnipotencia, te creí perdida. 
Burgués! me dije, cien veces indig¬ 
no del título de amador, te has sui¬ 
cidado! 

Vuelvo á colocarme la auréola. 
Vuelvo á reinar. Yo, tu amante le¬ 
gítimo, tu verdadero amante, seré tu 
aventura! Yo he creado tu sensuali¬ 
dad como una flor de invernáculo al 
calor tibio de mis besos escitantes, Yo 



— 85 — 


te arranqué la superstición católica 
que te habría hecho ascética y conde¬ 
nado al sacrificio. Yo he sido el re¬ 
dentor! Saliste de mis brazos con una 
sonrisa de triunfo á provocar la 
envidia inclemente de las que no tie¬ 
nen como tú el valor de gozar. Ellas 
no te perdonan ni te perdonarán los 
burgueses, á los cuales has arrojado 
tu guante de rebelada. Ellas y ellos 
te ultra jarán para vengarse! 

En mis brazos, te abriste; desbor- 
dadamonte, viviste. Antes, mucho 
antes de la edad en que otras muje¬ 
res desean, tu hubieras podido mo¬ 
rir! 

Yo borraré en tu corazón la man¬ 
cha que ha dejado el recuerdo de la 
vida en común. Yo seré tu poético 
delirio, tu esperanza constante de go¬ 
ce, tu cielo de placer al que se ex¬ 
tenderán tus trémulos brazos,tus ojos 
fijos ansiosos, sin alcanzarlo nunca 
del todo!... Empezaremos á amarnos 
de nuevo. Mi triunfo consiste en 
haber encadenado tus sentidos á pe¬ 
sar del tiempo y de la veleidad, al he¬ 
chizo magnético de mi atracción de la 
que no puedes libertarte. Tus deseos 
un instante declinaron... pero, me 
ha bastado huir para soplar en tu 
frágua como un viento huracanado 
é hinchar fragorosamente las llamas 



- 86 - 


moribundas. Tu sensualidad por mi 
renace, hierve, estalla como una pri¬ 
mavera; circula, intoxicándote, en el 
rojo turbión de tus arterias, cubre tu 
cuerpo delirante con escaldaduras de 
liebre! 

Vagabunda soñadora de sensacio¬ 
nes, vuela al azar! Llevas mi sello en 
el espíritu. Serás mía en todos los 
brazos! Tus sentidos no me olvidan. 
A través de todos los deleites, de to¬ 
dos los espasmos, tu vendrás á supli¬ 
cará mi puerta una noche de Amor! 

La Favorita dio un brinco en el le¬ 
cho, sacud da por la racha de unaale- 
gria súbita: 

—Qué lindo! Seremos queriditos! 
Nos miraremos en el teatro con ge¬ 
melos.. .yo vendré siempre á verte... 
Nos daremos citas...Haremos paseos 
juntos...Se quiere más asi...No es 
verdad, Roberto? Y. . .yo tendré mis 
caprichos? Yo te quiero mucho, pe¬ 
ro mucho, pero, ya sabes, no puedo 
prescindir de mis caprichos. . . 

—En nombre de qué derecho, con¬ 
testó, podría yo exigirte que me los 
sacrificaras? Por ventura, me siento 
yo fiel? Sin cometer un crimen, me 
es permitido restringir tus goces, mu¬ 
tilar el don excelente de tu pródiga 
sensualidad? Qué locura es esa que 
hace al hombre voluble exigir la cons- 



- 87 — 


tancia de la dicha en nombre del más 
convencido sentimiento? 

Exquisita pihuela que encierras el 
poema vivo de la mujer, pequeña 
Manon, enloquecedor escitante de mi 
neurastenia, á quien el Juez hacrei • 
do aprisionar, éres libre por el mági - 
co poder de la Anarquía. Yo arrojo 
los pedazos de tus cadenas rotas á la 
faz de los legisladores! Yo pisoteo la 
Ley! Si no puedo con el solo vincu¬ 
lo del sexo aprisionar en mis redes de 
amoroso al colibrí tornadizo do tu 
fantasía, te entrego el espacio ¡A vi¬ 
vir, dichosa libertada! 

Ella, con su monería insidiosa, con 
su mimo aterciopelado, extendiendo 
las manos: 

- Yo te quiero á tí, queridito. . . . 
Seré solo tuya...Como antes ..Si 
tú éres bueno. .. 

Sonreí! No contemos con la Fide¬ 
lidad, Hada maléfica, causa de tanios 
males. . . Cuando quieras vena bus¬ 
car mis labios enardecidos, trémulos, 
ávidos.. . Encontrarás al más sábio, 
al más heroico, al más abnegado do 
los amantes! 

Bajó del lecho para marcharse. Va¬ 
ciló. Apoyó sobre mi pecho su cabe¬ 
za que rodabaen un desvanecimiento, 
vaciada por el Exceso. La alzó. Me 
miró con sus ojos borrachos de 



- 88 — 


vértigo que cernían dos surcos ne¬ 
gros profundos. Suspiró: 

— ¿Me querrás? Me querrás. siem¬ 
pre? No me dejarás? 

—No, no te dejaré, rica... 

—Te gusto? Te inspiro mucha sen 
sualidad? 

—Si! 

— Soy una queridita muy rica? 

—De lo más rico que hay.. . 

—Y aquel cariñito de ante.-? 

—Es tuyo... 

— Quieres que vuelva pronto? 

— Enseguida. 

— Un beso...Otro...Ah!!! 

• * ..j ? * » « • 

Al estar solo, me apareció el en¬ 
canto de la cita, en la que sentimos 
los pasos de la Querida que so acer¬ 
ca, golpear sobre el corazón, como si 
pisara sobre él. . 

Elambien'e estaba saturado de la 
nostalgia de Ella que alimenta el 
Amor. 

Con su instinto sutil y vidente de 
amadora, la Favorita había abando¬ 
nado sobre un diván su corsé de ra¬ 
so celeste recamado de encajes, adi¬ 
vinando que aquel objeto caliente de 
su cuerpo, me crearía su imagen de 
adorada, la alzaría, flotante, ante mis 
ojos, fiel evocador de la Querida! 

Ella había desparramado al azar 




otros talismanes: Su prendedor so¬ 
bre mi mesa, su reloj de bolsillo so¬ 
bre un mueble, su pañuelo, su aro¬ 
ma, sobre el lecho... 

Me apoderó del corsé. En ese ins¬ 
tante prefería áella misma, su evoca¬ 
ción, su aroma, la poesía de su ausen¬ 
cia . Sobre el lecho en que la pitoni¬ 
sa de amor, fuera de sí, había force¬ 
jeado en el más intenso transporte 
que puede serle dado á un amante, 
comprimir y anonadar en sus brazos, 
escondí la cara en el corsé voluptuo¬ 
so. . .Aspiré ciegamente, agudamen¬ 
te, enloquecidamente, hasta el desva¬ 
necimiento, su vertiginoso perfume! 


Aldea de Montevideo. Oetuhre ó de 1002. 




re de erratas 


Página 9 .—Donde dice: y como amante no 
se considera humillado? 

Debe decir: y como amante no se 
considera Vd. humillado? 

Página 14 —Donde dice: vagando libremente 
Debe decir: errando libremente 

Página 41 —Donde dice: en sus brazos la más 
expontánea! 

Debe decir: en sus abrazos la más 
expontánea... 

Página 5 J —Donde dice:-'fué conmovida su 
debilidad de padre.. 

Debe decir, fué conmovida su 
debilidad de padre?...